sábado, 29 de marzo de 2008

Eleftheria i thanatos

Debemos confesar que al escribir las primeras líneas de un post dedicado expresamente a uno de los conflictos intrínsecos a la propia naturaleza humana nos asaltan una serie de sentimientos un tanto contradictorios y, porque no decirlo, dificilmente calificables con palabras (ya sea que se emplee un lenguaje técnico o uno llano). La anotada complejidad en la transmisión de tales sentimientos podría ser, con ánimo de facilitar la comprensión de lo que deseamos expresar, condensada en dos órdenes de ideas. El primero de ellos radica en que se trata de uno de los debates filosóficos de más antigua data de los que se podría rendir cuenta (acaso sólo superado por el debate en torno al amor, el poder y el significado de la vida -como es obvio enunciamos alfabéticamente los temas aludidos-; pese a que consideramos que en cada uno de estos tópicos se encuentra per se implícita una decisión sobre el presente tema). Por su parte, el segundo se debe a una cuestión de carácter eminentemente personal que sólo cabe exponer en los siguientes términos: nunca hemos sido el tipo de persona que pueda ser definida como pasional, en una palabra somos racionales (pero no en los términos que los teóricos ecónomicos de la Escuela de Chicago desearían) por lo que, en la medida de lo posible, hemos intentado que sea este atributo el que guíe nuestras decisiones evitando por ello caer en un deseo autodestructivo (thanatos).
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Nótese que decimos que hemos intentado dominar el espíritu (daimon, en el sentido socrático del término) destructivo que en ocasiones dicta las decisiones, los comportamientos y, cómo no, los sentimientos que poseemos como seres humanos. Creo que podemos decir, en el actual momento de nuestras vidas, que retrospectivamente logramos ello no sin excesiva introspección (que es uno de los recuerdos más antiguos que tenemos de nuestra más temprana infancia) con, por llamarla de alguna manera, en general la abstinencia de experiencias y en especifico con la abstinencia emocional. Ello no significa que seamos ascetas pero esa sería, por un lado, toda una discusión en sí misma y por lo demás carente de todo interés para ustedes; y, por otro lado, nos alejaría excesivamente de la temática del presente post. Creemos que la presente introducción se ha ya extendido demasiado pese a que su intención tan sólo se ceñia a que se comprendiese la psyche del autor mientras se adentra en la discusión, precisamente por ello ya es momento de entrar en materia.
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En el mundo occidental se suele presentar la discusión en torno a los deseos autodestructivos del ser humano como una cuestión excepcional e incluso patológica, pese a los esfuerzos de filósofos como Sócrates o de psicólogos -con algunas acotaciones- como Freud; a diferencia de sociedades orientales en los que la aceptación de elementos contrapuestos dentro de un mismo individuo no atenta per se con la estabilidad del mismo e incluso podríamos señalar que se presenta como el presupuesto necesario para lograr el equilibrio, el desarollo y, en última instancia, la armonía y la felicidad.
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Frente a un contexto como el descrito, que por lo demás es bastante desalentador, es de suyo razonable esperar que existan ciertos prejuicios ante el deseo o bien la pulsión de muerte (para citar dos términos bastante caros tanto para el propio Freud cuanto para Kant) en la mayoría de personas. Para demostrar la veracidad de nuestra aseveración iniciemos la discusión en base a una afirmación en la que creemos firmemente: si una persona que abraza a su instinto de vida es una persona que suele ser feliz (entendido tal juicio en términos latos) con cuanta mayor razón lo será una persona que logre además abrazar a su espíritu de muerte.
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Dejando a un lado la sorpresa que pudiese causarles una afirmación de este tipo hay que dejar por sentado que lo que estamos diciendo no resulta ser una apología a la filosofía existencialista ni es por asomo algun tipo de coqueteo con deseos suicidas, pese a que no creemos que ningún eventual lector que se acerque al presente texto requiere de la citada precisión. Sin perjuicio de lo anterior, hay que afrontar la tarea de desentrañar el recto sentido de nuestra afirmación dado que en ella se deposita la conclusión del presente post.
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Aclaremos la siguiente idea: una persona que abraza a su espíritu de vida es una persona que por lo general o, mejor aún, según el sentido corriente (o juicio social) puede ser calificada como feliz. Nos explicamos. De conformidad a Kant todos nosotros nos encontramos ante la posibilidad de sucumbir antes las pulsiones y pasiones en consideración a que nuestras decisiones tengan en cuenta los fines que se desean alcanzar y por ende se actúe con sujeción a ellos (tal elemento de la teoría kantiana la contrapone a la estructura filosófica platónica), dicha idea se encuentra ínsita en la propia estructura del denominado imperativo hipótetico. El sentido corriente o juicio social de la felicidad no es la que autores como Kant aceptarían en términos estrictos como tal, puesto que el individuo estaría actuando no-conforme a los dictados de la razón sino, por el contrario, dominado por los deseos que obnubilan la correcta ponderación de aquello que en realidad deseamos. No es, por lo menos no lo es para nosotros, que actuar siguiendo a nuestras pasiones sea necesariamente un síntoma de una vida desenfrenada; aunque sí aceptamos que no es un ejemplo de que el citado individuo sea dueño de sí mismo (en el sentido que más adelante se expondrá) o, cuanto menos, sería la confirmación de que tal individuo requiere de un objetivo (sea éste a corto o largo plazo) que ilumine la senda que debe seguir y que sea la que le sirva de sostén frente al acaecimiento de todas las vicisitudes de la vida que le toque afrontar.
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En virtud a lo indicado precedentemente, la felicidad, en cuanto al sentido usual de la palabra, se centra bien en hacer lo que deseamos hacer o nos place en un momento determinado (esto es, un sentido marcadamente mundano de un sentimiento que no debiera serlo) o bien tener siempre un norte en nuestras vidas a los que se les suele calificar de metas u objetivos de la vida (sea en términos personales, profesionales o académicos), por lo que la consecución de los mismos se da a través de la actuación conforme a ellos (lo cual ya ostenta un sentido más meditado de lo que es la felicidad y de lo que se desea hacer).
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La segunda parte de nuestra afirmación es la más importante puesto que es la transmite el real sentido de nuestro pensamiento. La circunstancia que un individuo abrace sus espíritus de muerte importa para nosotros no sólo la aceptación de aquellos deseos de vida (que por lo general son los que nos brindan los pequeños grandes placeres que marcan nuestra estancia en el mundo) sino también su control, alteración o exacerbación. Vale decir, dicho individuo se torna espontáneamemnte en dueño de sí mismo puesto que sabe no sólo que es lo quiere realmente sino que puede determinar ello en función a su vida: algunos llamarían a esta constatación epifanía. Llegados hasta este punto parecería que el individuo al que hacemos alusión es del todo semejante al que actua conforme a sus objetivos o metas; empero la diferencia se presenta en el hecho que ésta actuación no se da conforme a finalidades, sino simple y sencillamente en tanto consideramos racionalmente los resultados que tal actuación generará en nosotros mismos incluso en términos de destrucción de lo que (transitoriamente) somos (vale decir, modificación, crecimiento o bien aniquilamiento de aspectos cualificantes más no esenciales de nosotros mismos -ello precisamente porque hacerlo implica saber a plenitud quienes somos y que es lo que se debe hacer en la vida-).
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Un sujeto dueño de sí mismo actúa a veces conforme a lo que desea lograr, en otras ocasiones no lo hace porque sencillamente esta consciente de que no puede determinar íntegramente su vida de esa manera. Un actuación que sea únicamente conforme a los mandatos de los espíritus de vida provoca, en nuestra opinión, solamente una conducta lineal y reiterada pues lo que se desea hacer se torna algo arbitrario (si bien su único norte es evitar el dolor, salvo lo que se precisará al final del post) o, en otros casos, se torna una actuación carente de libertad ex post puesto que se tiene que actuar conforme a los objetivos determinados ex ante. Es precisamente en este sentido específico que el deseo autodestructivo del ser humano tiene un sentido muy claro e incluso útil. Todo ello, en cambio, no se presenta cuanto la autodestrucción es sólo un sentimiento que existe dentro de la estructura de los deseos de vida (sea como meta, sea como fuente de felicidad), es aquí donde tal deseo se torna preocupante y merece ser refrenado (pensemos en ejemplos tales como el deseo de conquista por parte de Napoléon, la cólera y deseo de venganza de Aquiles, el deseo de superar límites de Alejandro Magno, etc.)... pero todo ello es una discusión autónoma que no abordaremos el día de hoy, sencillamente ya es suficiente divagación individual sobre un aspecto tan trascendente, es el momento de la retroalimentación...

sábado, 22 de marzo de 2008

Sobre un debate semi-serio en torno a la belleza

Estamos casi convencidos que el título del presente post les debe haber causado cierto grado de perplejidad puesto que estamos afirmando desde el principio que trataremos un asunto que es particularmente importante para un sector significativo de la población mundial (inclusive no pocos científicos, sin contar a las empresas vinculadas a la industria de la belleza) de un modo poco serio. En efecto, dejaremos a un lado las cesudas palabras de Sócrates en el diálogo platónico "Fedro" (o sobre la belleza), la precisión matemática del número áureo (por ejemplo al analizar "La Gioconda"), la explicación fisico-química en base a feromonas, etc. Tal impresión inicial de sorpresa se tornará casi (con seguridad) en un gesto de burla cuando manifieste quienes son los expositores del debate sobre la belleza al cual nos referiremos: un grupo de hobbits.
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Superado el impacto inicial y deseando no aparecer como completamente desquisiados citaremos a continuación dos pasajes de la obra El señor de los anillos: La comunidad del anillo que dan sustento al debate:
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- Pippin en El Poney Pisador le dice a Aragorn, refiriéndose a este último: "(...) luce bien quien hace bien, como dicen en la Comarca (...)".
- El autor describe en los siguientes términos lo que sentía Frodo antes de cantarle una canción a Baya de Oro: "(...) el encantamiento era diferente, menos punzante y menos sublime, pero más profundo y más próximo al corazón humano; maravilloso, pero no ajeno (...)".
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Lo que me interesa destacar en el primer caso es una ligera reminiscencia platónica contenida en el diálogo "Gorgias", en donde Sócrates sentencia que "(...) si lo justo es bello y agradable o útil, entonces también será bueno (...)". Vale decir, aquí la idea de la belleza gira en torno a actuar conforme a la justicia, tan es así que sólo algunos párrafos después de la afirmación de Pippin sobre la apariencia de Aragorn se puede leer la siguiente afirmación de Frodo sobre el mismo asunto "(...) Pienso que un espía del enemigo... bueno, hubiese parecido más hermoso y al mismo tiempo más horrible (...)". Cuanta verdad puede encontrarse en una afirmación tan -por lo menos en apariencia- trivial, pues es claro que a lo largo de nuestras vidas aprendemos, de una u otra manera, que no necesariamente la conformidad con las formas exigidas por la sociedad implica que una persona sea buena o hermosa, tal como le sucedía a Aragorn por ser un sujeto de modales más bien toscos y de apariencia desaliñada. Dejaremos allí el asunto para no caer en una serie de lugares comunes en los que correríamos el riesgo de efectuar una serie de afirmaciones perfectamente calificables como maniqueas o, por contra, totalmente carentes de contenido.
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En cuanto a la segunda afirmación, que es la que a nuestros propósitos resulta más interesante, para una correcta ponderación de sus alcances es menester hacer alusión a un dato: de acuerdo a la cosmología tolkeniana los elfos eran los seres más hermosos de la creación (nótese que hemos dicho de la creación, por lo que se hace a un lado a los Valar y a los Maiar, los cuales preceden a la misma) incluso es de un nivel tal que los propios Poderes de la tierra (un equivalente serían los dioses griegos, empero en términos estrictos se podría decir que para Tolkien -un ferviente católico- en su creación literaria sólo existía una única deidad) los invitan a vivir con ellos. Es decir, la belleza de estos seres era, si cabe el término, sublime o claramente superior a los otros seres que conformaban la creación. Era esta situación idílica la que es cuestionada por Frodo, al ser estos seres el epítome de la belleza hace que uno no se sienta estrechamente vinculada a tal personificación de la belleza pues es muy distinta a la propia imagen que tenemos de nosotros mismos (en especial si se es una criatura que mide en promedio 1.2o m., de pies peludos, mejillas rojizas, de rostros anchos y más bien rollizos).
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Salvando las enormes diferencias que existen entre los hobbits y los elfos, muchas veces la idea de belleza que uno (sea hobbit o no) maneja es sustancialmente distinta a lo que es regularmente la proyección física real de nosotros mismos (todos somos testigos de excepción respecto de la constante proyección en diarios, revistas, televisión y cine de tales íconos). Empero, también nos encontramos a diario muestras de una belleza menos idílica, como a la que hace mención Frodo respecto de Baya de Oro, que directa e irremediablemente nos toca el corazón de una manera tan terrenal pero profunda que no podemos sino quedar sencillamente absortos por ella.
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No queremos que de lo dicho se concluya, pues no es lo que deseamos transmitir, que ello sería prueba del conformismo de todos nosotros sobre lo que es belleza o, por contra, la manifestación de un pragmatismo envidiable. En realidad, creemos que es algo distinto, la belleza no es más que la calificación teorética del efecto que produce en nosotros la confrontación con algún elemento que puede ser percibido -de una u otra manera- por nuestros sentidos. De aceptarse nuestra afirmación, se caería en la siguiente constatación: en realidad será belleza sólo lo que produce una experiencia profunda y en la misma medida nos resulta plenamente calificable como "nuestra" puesto que al ser partícipes de ella (desde cualquier punto de vista siempre la experiencia sería de primera persona) se podra medir, calificar, identificar, etc., o, en una sola palabra vivir la belleza, que es lo que en última instancia permite saber que es tal.
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Con ello, culminaríamos como empezamos: con una sorpresa, puesto que hemos llegado a una aporía. La belleza que hemos calificado de súblime o idílica no sería realmente belleza, en tanto y en cuanto que la misma no es perceptible o identificable per se, lo único que merece la calificación de belleza es la que puede ser experimentada y por ende producir cierto efecto en nosotros... prueba de ello es que frente a la vivencia de lo que es la belleza ninguno de nosotros permanece impasible y precisamente por esta razón traducimos tal constatación en conductas, sentimientos, lazos, etc., mientras que de la belleza no experimentada no surge nada más que impasibilidad.

viernes, 21 de marzo de 2008

¿Por qué se debe leer entre líneas?

Volvemos a centrar nuestra atención en un tema que mantiene una estrecha vinculación con la interpretación, esta vez no sólo se limitará al análisis de piezas musicales sino que se ampliará la visión a las conductas y afirmaciones de los seres humanos. Si bien desde un inicio hemos optado por mantener en reserva una serie de datos referidos a nosotros mismos para procurar alcanzar (siquiera ilusoriamente) un mayor grado de objetividad en la exposición de ciertos tópicos, debemos dejar en claro que no somos expertos -ni siquiera remotamente- en los aspectos téoricos de la psicología y/o la psiquiatría que tanto nos podrían ayudar para descender, con paso seguro, en las estructuras mentales y en la manera en que se forma y se da ejecución a una idea.
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Empero, las limitaciones mencionadas no impiden que tengamos algunos elementos de juicio para siquiera esbozar algunas apreciaciones sobre el particular. Teniendo en consideración el contexto antes descrito podremos exponer, con mayor tranquilidad y con un lenguaje llano, algunas ideas que, con el decurso del tiempo, se han tornado recurrentes en nuestra propia experiencia. No obstante ello, es menester resaltar -por si fuese necesario- que, como todo conocimiento humano que se funde en la experiencia, se torna de suyo contingente y, en no pocas ocasiones, un tanto asistemático.
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A pesar de tal riesgo, recurriremos a una serie de ejemplos y/o hipótesis a fin de aclarar ciertos aspectos comunes a la vida en sociedad. Nos explicamos. Colocaremos tres (3) ejemplos distintos, cada uno de ellos girará en torno a campos distintos de la vida diaria: el primero de ellos es propio del ámbito personal, el segundo del laboral y el tercero lo es del académico. En cuanto al primero, es por demás usual que se produzcan problemas al interior de una relación (sea amical y/o amorosa) por el consabido asunto (y a estas alturas una exigencia políticamente correcta) de la comunicación o para ser más precisos a los problemas de comunicación. Fuera del debate en torno a si las mujeres son de Venus y los hombres son de Marte, una cuestión que todos damos por sobreentendido (o cuanto menos ya debiera ser así) es que la comunicación no se limita a los aspectos meramente linguísticos sino también abarca, que duda cabe, a los conductuales.
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La importancia de una constatación de este tipo (fuera de ser una verdad de Perogrullo) radica en la siguiente sentencia de Rainer Maria Rilke "Una persona no es lo que dijo durante la última conversación, sino lo que ha sido a lo largo de toda la relación"; vale decir, fuera de la conocida dificultad de una u otra persona para expresar tanto sus afectos cuanto sus aspiraciones hay que siempre tener en cuenta como se comportó a lo largo del tiempo. Ello evidentemente no significa dar a un individuo una carta blanca por ciertos problemas en la exteriorización de su psyche sino por el contrario tiene como propósito extraer dos ideas: (i) saber que tipo de gestos y/o ideas son difíciles de verbalizar a tal persona por lo que no deberíamos juzgar las mencionadas situaciones como si se tratase de cualquier individuo sino del específico sujeto que tenemos frente a nosotros; y, (ii) juzgar de manera un tanto más fidedigna aquellos síntomas de molestía, incomodidad o, si se quiere más en general, de desgaste de la relación así como aquellas manifestaciones de sentimientos más positivos dentro de ella. Con todo, no queremos dar a entender que todos nosotros debemos tener alma de psicoanalistas o de expertos en comunicación no verbal, pero cuanto menos creemos que si debemos reconocer que ya puestos en una relación, cualquiera sea el tipo, lo mejor que podemos hacer es tener la mayor información posible de la otra persona a fin de permitir una interacción fluída y sin mayores percances.
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Objetivamente siempre resultará ideal y aconsejable que la comunicación sea directa y clara, lamentablemente, hay que admitirlo sin ambages, esa situación si es que no resulta de caracter utópico solamente se puede construir con un esfuerzo de los intervinientes así como con el apoyo del tiempo y de la confianza, por lo que, al menos en las primeras etapas de toda relación (que contradictoriamente son las más importantes), nuestra principal fuente de información debiera ser la antes aludida.
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No queremos ser indiscretos, pero a quien de ustedes no le ha sucedido (o le sucederá) que llega a sus oidos que cierta persona de su centro de trabajo tuvo algún percance (sea vinculado o no con el ejercicio de su profesión u oficio) más o menos trascendente y ello se vuelve la comidilla de la oficina por algunos días o, por otro lado, se inician ciertas fricciones porque se supone que alguien dijo algo que no debió haber dicho o se supone que dijo algo cuando en realidad no lo hizo. La situación en estas circunstancias es mucho más complicada de manejar porque por lo general existen envidias o competencias, más o menos explícitas, entre dichas personas; sin embargo, la situación debería ser llevada tal y como lo sugiere la biblia -en especial en una época como la que estamos atravesando: semana santa-, primero conversar con nuestro prójimo a solas y solamente después hacerlo frente a testigos o bien en público; cumpliendo las recomendaciones expuestas en el párrafo precedente.
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Indudablemente el aspecto menos problemático en nuestras vidas, o por lo menos así debiera serlo, es el académico. Aquí la discusión debe girar en torno a los presupuestos que trae cada uno de los comportamientos y afirmaciones que se observan, para luego contrastarlos con todas las consecuencias que conceptualmente se obtendrán de seguir la afirmación en cuestión. Si bien es un campo con menos conflictos que los anteriores, lamentablemente es uno que puede generar algunos problemas en su vinculación con el campo laboral, básicamente porque de una u otra manera damos por sentado que las enseñanzas recibidas fueron las correctas simplemente por la autoridad o seguridad con que nos fueron transmitidas. En tal sentido, si aprendemos a leer más entre líneas las enseñanzas que recibimos tendremos mejores oportunidades tanto de aprender cuanto de efectuar debates enriquecedores sin quedarnos en cuestiones preeliminares, dado que si entendemos el marco en el que se maneja el contrario podremos comprender la razón de cierta construcción teórica y corroborar su real utilidad así como su conveniencia y coherencia.
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Con todo estamos de acuerdo que seguir estas ideas que, sin lugar a dudas, a todos se nos deben haber cruzado por la mente en más de una oportunidad, se torna más que complicada si es que se ponen en juego aquellos intereses que -por definición- pueden verse afectados en los ámbitos que se han propuesto. Resulta innegable que en el campo personal los intereses en juego son los sentimientos que inspiran las relaciones interpersonales de orden amical, familiar y/o amoroso; mientras que, por su parte, en el campo laboral los mismos son preponderantemente económicos y profesionales (metas y objetivos); y, finalmente, en el ámbito académico los interes giran casi en exclusiva en el reconocimiento, en la reputación y en el obtener también determinadas metas profesionales.
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Sin perjuicio de tales intereses, o acaso precisamente por la existecia de ellos, debemos procurar, en la medida de nuestras posibilidades, mantener un análisis racional de las situaciones, pese a que exigir ello sea tan legítimo como solicitar que el ser humano controle conscientemente sus propias inclinaciones autodestructivas, vale decir, es algo que no es sencillo pues implica negar una parte de lo que nos define aunque no por ello debemos dejar de intentarlo.
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Antes de culminar queremos señalar sólo una última idea, todo lo que hemos dicho se limita a ser una mera percepción de la realidad y por ende cuestionable por la experiencia contingente que la inspira, todo ello, sin embargo, no niega que la pertinencia de los esfuerzos planteados pueda en ciertas ocasiones brindarnos más de una sorpresa y, porque no, más de una satisfacción.

jueves, 20 de marzo de 2008

Entre dos aires distintos

De un tiempo a esta parte hemos tenido la oportunidad de oír, con una regularidad casi religiosa, dos arias (o, en italiano, arie) muy conocidas. La primera de ellas pertenece a la opera Turandot de Giacomo Puccini, nos referimos -como ya debe ser obvio- a Nessun dorma (Nadie duerma) y pese a que su título evoque pocos recuerdos a la mayoría de nosotros, salvo a los ocasionales seguidores de reality shows en los que se busca nuevos talentos musicales -¿recuerdan a Paul Potts?-, el solo oír la primera parte de su ejecución causa inmediatamente (al menos lo tiene en quien escribe estas líneas) un profundo impacto emocional; la segunda aria pertenece a la opera Rigoletto de Giuseppe Verdi y su título es más que conocido La donna è mobile (La mujer es voluble).
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Ambas arie (o, en castellano, aires) nos traen a la mente, sin ningún esfuerzo, el nombre de un tenor inmortal: Luciano Pavarotti. El sentido de nuestra afirmación es sencillo de comprender si recordamos que tales piezas fueron -por largos años- parte del repertorio regular del ilustre hijo de la ciudad de Modena. Inclusive nuestro recuento, tanto porque formó parte del repertorio de Pavarotti cuanto sobretodo porque es una canción a la que volvemos de cuando en cuando, se encontraría incompleto si es que no hacemos mención expresa al lied de Franz Schubert Ave Maria.
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Por el momento, con cargo a desarrollarlo en otra oportunidad, quisiéramos exponerles las sensaciones contrapuestas que nos generan ambas arias. Por un lado Nessun dorma nos genera una tristeza y melancolía que nos cuesta trabajo explicar pues si uno tiene la oportunidad de entender la letra del aria (sea porque entiende el idioma o bien porque se ha dado el trabajo de encontrar su traducción) cae en la cuenta que oír su interpretación debería transmitirnos sentimientos de otro tipo y sustancialmente más positivos, tales como la esperanza. Por su parte La donna è mobile nos transmite (o diría mejor nos transmitía), con su ritmo más bien alegre, un sentimiento de festividad; empero, cuando uno cae en la cuenta de la letra de la canción se sorprende -en no escasa medida- con el hecho que se presenta de cierta manera como una exhortación a desconfiar en la mujer casi en la misma medida en que condena a los hombres a no ser plenamente felices si es que no es al lado de ellas.
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La duda que se podría suscitar con total justicia sería porque nos encontramos cuestionando los sentimientos que producen dos operas frente al mensaje que tienen sus respectivas letras. Tal vez ello no sea de sustancial importancia o tal vez estamos equivocados, sea en la interpretación de las arias, sea en restarle méritos a la relevancia de la discusión, cualquiera de las opciones nos parecen igualmente factibles por lo que dejamos el análisis de la cuestión al lector. Lo único en lo que nos queremos detener antes de acabar el presente post se centra en cuantas veces a lo largo de nuestras vidas oímos o leemos ciertas afirmaciones y no nos detenemos siquiera a estudiarlas más al detalle, en ocasiones (acaso sea la mayoría de ellas) sucede respecto de afirmaciones cuya trascendencia no merece dicho esfuerzo pero cada día más nos cuestionamos si por dicha practica extendida, aprendida e imperturbable no estamos dejando de lado el análisis de materias que ya nos comienzan a exigir mayor atención (sea en el aspecto personal, profesional o académico).
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Quien sabe, podría ser que ustedes se topen con una sorpresa similar a la nuestra cada vez que nos detenemos a oír al detalle las letras de ambas arias. En lo que a nosotros respecta, por lo menos en las últimas semanas, los sentimientos propios del día a día en el aspecto personal giran entre una tristeza y melancolía semejante a la que nos produce oír Nessun Dorma (y hasta el momento no sabemos muy bien la razón de ello) y la aceptación de las ideas que nos quiere transmitir La donna è mobile.
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Tal vez estamos exagerando en la amplitud del análisis de los significados de ambas operas o tal vez hemos encontrado algo interesante que estudiar. Después de esta breve exposición sólo nos queda preguntar ¿qué opinan ustedes?