viernes, 18 de julio de 2008

Metáforas, decisiones y percepciones

Nuevamente el transcurso inexorable del tiempo ha permitido que nos percatemos que se han sucedido ya algunas semanas sin siquiera procurar actualizar el presente blog con algún nuevo post, si bien la situación que nos impedía hacerlo (la ausencia de un tema claro) no ha sido superado del todo, al menos podemos afirmar sin temor a equivocarnos que gracias a ese mismo tiempo se nos presenta una serie nueva de temas que serían interesantes abordar sin sentirnos excesivamente "fuera de lugar".
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Ahora bien, no obstante la ventaja antes aludida, que es de suyo relevante, creemos que tenemos una serie nueva de problemas adicionales, tales problemas, a efectos de hacer más gráfico el "conflicto", podrían ser condensados en lo siguiente: en primer lugar, decidir a cual de los "nuevos temas" debemos dedicarle el primer esfuerzo de desarrollo; en segundo lugar, en qué manera se deben abordar dichos temas; en tercer lugar, el objetivo de los nuevos post; etc. Algunas de las personas que mejor nos conocen nos dirían casi con seguridad que tal debate debe ser pasado por alto y escribir lo que se siente, lo cual, irónicamente, es algo que también solemos expresar -en específicas circunstancias- a las citadas personas, pero en circunstancias que, por suerte, se alejan considerablemente del que ha motivado esta breve digresión.
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Teniendo en consideración lo antes descrito, resulta sintomático que las personas que mejor nos conocen, y que al propio tiempo son las que más nos importan, sean a su vez las que se encuentran en una envidiable condición tanto para arrancarnos una sonrisa, sumirnos en una divagación cuasi-existencial, revelarnos un extremo de nosotros mismos que nunca habíamos percibido con claridad, provocarnos una gran tristeza, exasperar nuestro ánimo, desear ser más de lo que somos... en suma, hacernos no solamente el protagonista de nuestra propia obra (la vida) sino también el director (para saber que es lo que se necesita para alcanzar ese clímax, enredar o desenredar la trama, etc.), el guionista (para llegar a comprender y construir adecuadamente los límites de nuestro personaje), el productor (quien no sólo se arriesga por la obra sino que debe ser quien procure que la misma no sólo sea terminada sino que la misma obtenga los "resultados deseados"), el editor (para que sepamos sacar lo mejor tanto a aquellos malos momentos como para no olvidarnos nunca de los extraordinarios), etc. No se si con una metáfora tan pueril hagamos justicia a la idea que deseamos transmitir y a su vez nos permita dejarnos entender... en todo caso pedimos disculpas por ello.
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Habiendo (o, mejor aún, deseando haber) dejado en claro esta situación, queremos comentar una idea que, en cierto sentido, podría aparecer como contradictoria con aquello que se ha expresado en los párrafos precedentes, la cual se condensa en la siguiente frase: "El ayer es historia, el mañana es un misterio pero el hoy es un regalo... por ello también le llamamos presente". No es necesario resaltar con demasiado énfasis que en el idioma castellano el vocablo "presente" se hace referencia tanto al actual espacio temporal cuanto, sobretodo para nuestros propósitos, a un regalo u obsequio; acaso más importante sea subrayar la fuente de la cual extraemos esta idea, así como ha sucedico en otros post la referencia es de una película y decimos aún más se trata de una de película de animación (Kung Fu Panda). Tal precisión se hace tanto por un asunto de honestidad como nuevamente por aquella idea antes expresada en este blog de que tenemos que abrir nuestras mentes y nuestros corazones a cualquier "verdad" sea que la misma se encuentre contenida en un libro, en la experiencia, en un consejo o en una "película para niños".
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Actualmente buena parte del mundo afronta una hipertrofia de información, prueba de ello es la proliferación de espacios como el presente blog, y desconcertantemente (ya veremos porque) a ello le llamamos una manifestación de la sociedad de la información y del avance que ello significa para la cultura. Sin querer convertirnos en los adalides y censores de la cultura, información o de lo que merece tal calificativo; queremos resaltar la idea de un ilustre profesor europeo quien sin el menor complejo sentenciaba, con total justicia, que no debíamos de confundir "información" con "formación"... y no podemos estar más de acuerdo... la información es sólo eso... una colección de datos más o menos relevantes... la formación, en cambio, es saber que hacer con esa información, no sólo en un plano intelectivo (esto es, como se procede a filtrar la información para su correcta sistematización) sino también en el plano aplicativo. Empero, no sólo saber aplicarlo sino también decidir (y por qué razones) si se debe aplicar (vale decir, en el marco de un sistema de valores)... incluso la información se encuentra cada vez más parcializada, sea por intereses de corte social, económico, político o, si se quiere, por formas de ver el mundo; por ello aún pese a la enorme cantidad de información que se cuenta, las mismas no son del todo fidedignas ni muchos menos podemos decir que es completa.
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Lo que queremos decir pese a las digresiones es bastante sencillo, el control de lo que nos rodea o de nuestra propia vida suele ser tan sólo una ilusión... podemos llegar a considerar que lo que se ha vivido es prueba (incluso irrefutable) del control que hemos tenido sobre nuestra vida, ello no es así... es únicamente prueba de que hemos sentado las bases para algo. Nos explicamos, es de esperar que si sembramos una semilla de manzana obtengamos, si las circunstancias son adecuadas y el cuidado óptimo, un manzano... pero nuestro esfuerzo será fútil si es que no nos percatamos que lo que se ha sembrado es la semilla de una pera... ciertamente dará sus frutos, tal vez no los que hemos deseado pero serán el resultado de nuestros esfuerzos y no por ello menos valiosos. El futuro es incluso mucho más incierto puesto que se sustenta en el control de circunstancias del todo contingentes (por no decir inclusive incontables) y por ende no nos debiera significar en estricto sentido una preocupación que ignore el vivir ese presente (ese regalo en otra de sus acepciones).
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Importa lo antes mencionado una renuncia anticipada a cualquier esfuerzo tendente al control... en absoluto, no es lo que deseamos transmitir... tal vez otra metáfora sea de utilidad... pensemos en un río que cruza un valle, las márgenes del mismo son las zonas fructíferas y se emplean para las necesidades básicas; sin embargo, conforme nos alejamos del río la tierra es cada vez más árida. Para superar tal situación se han construido una serie de canales, presas y estanques con el propósito de desviar las aguas del rió hacia tales zonas aprovechando con ello tanto la tierra árida como la corriente del río. Nos explicamos. El valle es el contexto en el cual desarrollamos nuestra vida; el río es la totalidad de indistintos e indeterminados eventos que pueden sucederse a lo largo del tránsito de nuestra vida; los frutos de las márgenes del río son los que satisfacen aquellas necesidades que el solo hecho de vivir significa; la tierra árida alejada del río son los posibles usos alternativos que puede darse al río (los eventos de nuestras vidas); por último, los canales, presas y estanques son los planes, metas y objetivos que trazamos para nuestra vida. Cuando se procede a desviar el río pueden suceder cuanto menos las siguientes opciones: (i) todo lo construido funciona a la perfección y se alimenta a la zona árida dando con ello los frutos deseados (esto es, alcanzamos nuestros objetivos de vida); (ii) todo lo construido funciona a la perfección, alimentando la zona árida pero se dan frutos distintos (nuestras decisiones y objetivos que parecían en un primer momento claros en realidad nos llevan a lugares y resultados nuevos e inesperados); (iii) la corriente desviada es insuficiente para lo que la zona requiere (por lo que nos quedamos a mitad de camino en nuestro objetivos); (iv) la corriente es excesiva y supera todo lo construido produciéndose una inundación (con lo que habrá que sofrenar nuestros impulsos). Con ello qué queremos dar a entender: lo construido es necesario para el resultado final, sea el que este fuese, pero no es suficiente pues depende de elementos que nos superan... la opción (i) es el logro del objetivo; la opción (ii) se logro un objetivo distinto, lo cual no necesariamente es fracaso pues el recorrido del río (esto es, el camino de nuestras vidas) nos demuestra lo importante de este nuevo fruto (el cual se transformó en nuestro nuevo objetivo o no convirtiéndose en él nos posibilita emprender un nuevo esfuerzo pero con más herramientas, medios, etc.); las opciones (iii) y (iv), solamente implican que debemos dedicar mayores esfuerzos para la construcción de los canales, sea por exceso sea por defecto.
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Entonces sólo queda una pregunta, ¿donde queda la labor de las personas más importantes en nuestras vidas? La respuesta es sencilla, tal y como se dijo al principio ellos nos brindan algo muy importante... la posibilidad de conocernos a nosotros mismos, tanto en lo bueno como en lo malo, de apoyarnos o contradecirnos, de querernos y de dejarse querer, etc. Vale decir, nos regalan las herramientas con las cuales construimos los canales, presas y estanques... no lo creen así?

domingo, 25 de mayo de 2008

Decisiones e ironias de la vida

Desde la fecha de publicación de mi último post hasta este preciso momento, en el que estoy escribiendo uno nuevo, ha transcurrido no poco tiempo. Deseo algún día poder explicar aquellas razones por las cuales no cumplí con mi idea de publicar un post semanal, en especial porque -con ánimo de ser honesto- se trata de uno de esos conflictos que muchos hemos afrontado (o afrontaremos) en algún momento de nuestras vidas. En tal sentido, es de esperar que al contar tal situación pueda suscitarles cierto nivel de empatía o tal vez me equivoque... de lo único que, a la fecha, puedo asegurar es que el mismo justificaría, largamente, la redacción de más de un post.
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El motivo del presente post es complementar al anterior pese a que, como me cuide de indicar en él, sólo durante su redacción encontré algo relativamente interesante que transmitirles, a saber: que en determinados pasajes de nuestras vidas necesitamos ciertas manifestaciones de interés de parte de los "otros".
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Iniciaré con una idea que me parece importantísima: en ocasiones, afrontar ciertas situaciones de naturaleza personal en un momento prematuro hace que simple y llanamente los sentimientos que nos inundan en ese instante puedan ahogarnos con mayor facilidad o bien, por otro lado (pero siempre en la misma línea) no tengamos la suficiente claridad para ver el cuadro general al cual tenemos que darle "solución". Es como dice un personaje de una conocida película "(...) No me salen las palabras. El dolor para mí es reciente (...)"; que tanta razón puede depositarse en esta frase, inclusive se puede ampliar su significado sin ningún problema a las palabras sino en general a la manera de actuar, a las decisiones, etc.
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Es obvio que todos nosotros debemos afrontar decisiones que son díficiles... no lo digo tanto por el hecho de la decisión en sí misma considerada, sino por el hecho de llevar a término o, en otras palabras, dar cumplimiento a la decisión tomada... un aspecto que me causó sorpresa encontrar en mi desde que era muy pequeño residía en lo "sencillo" que me era tomar una decisión y llevarla adelante, soportando todas las consecuencias que de ella se derivaban, para bien o para mal... todo ello hacía que las personas mayores que me rodeaban en ese entonces tendieran, naturalmente, a calificarme de ser un niño o joven "centrado"... sin embargo, desde hace poco me he dado cuenta que hay algunas decisiones que me cuestan trabajo asumir como definitivas y eso se deriva no de una perspectiva adolescente de la vida sino, muy por el contrario, porque es una decisión de corte racional (lo cual no deja necesariamente de lado -al menos no del todo- la parte sentimental) pero que incumbe o afecta precisamente a aquellos aspectos de mi vida que consideré, considero y consideraré -salvo algún cambio drástico en mi forma de ver el mundo- fundamentales.
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Estoy convencido que la adopción de decisiones es manifestación de libertad, empero no debemos olvidar que la libertad de la que se disfruta en un determinado momento de nuestras vidas se deriva de una elección, más o menos consciente, que tomamos por lo general mucho tiempo antes de que nos enfrentemos a cierta decisión particular... sólo es calificable de libre, en mi opinión, una decisión que sea asumida conforme a la elección inicial que tomamos. Tal vez sea justo indicar que pregunta procura responder esa elección inicial a la que me refiero... la cual condenso de la manera siguiente ¿cuál es el sentido de nuestras vidas? ¿cuál es el objetivo que pretendemos alcanzar con ella?... al tener claras las respuestas a estas dos interrogantes, las decisiones se simplifican y, por sorprendente que pueda parecer, lo propio se puede decir de su ejecución... salvo aquellas, que por cuestiones de la vida, sabemos que nos alejan de la satisfacción de tales preguntas.
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Quisiera creer que el hecho de la cercanía de una decisión o el afrontar prematuramente una elección, como mencioné hace un momento, es lo que me hace difícil asumir o aceptar una decisión "puntual" en un caso determinado y no que nos encontramos frente a la otra posibilidad... esto último sería más que complicado de afrontar.

domingo, 20 de abril de 2008

Observando el reloj de cuerda suspendido o tan solo sentado sobre el busto de Palas

Muy a nuestro pesar tenemos que reconocer que las últimas semanas no han sido de las mejores en cuanto a aquellos aspectos o manifestaciones de nosotros mismos que nos permiten escribir continuamente y, debemos reconocerlo, en ocasiones de manera un tanto desmesurada. A efectos de que se nos comprenda de mejor manera, deseamos señalar, tal cual se hizo en el último post, que el escribir (voluntariamente) satisface una necesidad en el ser humano y se constituye muchas veces en una válvula de escape (sea por las barreras que imponemos en nuestro trato con los demás, sea precisamente porque no nos las imponemos y nuestra propia sensibilidad nos exige un espectro más amplio de expresiones de nuestra individualidad -con toda la carga que esa palabra debe tener en nuestra opinión-).
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Empero estamos convencidos que el aspecto primordial que en estas semanas se ha ido, lenta y ostensiblemente, afectando no es tanto el deseo de escribir, si bien aceptamos de inmediato que el mismo es en estos momentos casi inexistente... y, sin embargo, escribimos! (o en italiano: eppur scriviamo) -repitiendo de un modo mucho más modesto aunque igual de confrontacional la hipotética respuesta de Galileo Galilei (la conocida frase es en castellano: "y, sin embargo, se mueve"; y en italiano: "eppur si muove") a la Inquisición sobre si la tierra se movía o no alrededor del sol-; en realidad lo que se ha venido afectando es la facilidad de detectar una idea lo suficientemente trascendente como para trasmitirla a ustedes los eventuales lectores.
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Nótese que no pretendemos que las breves y, en ocasiones, poco interesantes líneas que de tanto en tanto nos aventuramos a redactar sean para ustedes de "obligatoria lectura", eso significaría irrogarnos habilidades en cuanto a la creación literaria e identificación de tópicos que no creemos poseer. No obstante si creemos, o por lo menos así nos gustaría creer, que encontrar que alguien más piensa de modo semejante a nosotros resulta sino acaso grato cuanto menos puede resultar reconfortante, ello -podríamos asegurar- se torna patente en ciertas situaciones y momentos de nuestras vidas.
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Por ejemplo todos nosotros, seamos hombres o mujeres, tenemos en ciertas circunstancias o pasajes de nuestras vidas la tendencia a requerir de nuestros congéneres ciertos gestos que nos permitan concluir que somos importantes para el otro. En ese mismo sentido, y por dificultades en expresar lo que pensamos o lo que sentimos en un momento dado, muchas veces las cosas más importantes -o cuanto menos la mayor parte de la información que brindamos a nuestro interlocutor, nuestra contraparte, etc.- es de cariz no verbal o, si se quiere, se encuentra graficado o representado de un modo subyacente o implícito.
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¿Por qué decimos ello? La razón es más que sencilla. Todos los seres humanos somos en este punto no sólo inocentes sino que nuestra conducta es bastante paradójica e incluso diríamos, para no andarnos con rodeos, bastante "idiota". La calificación que empleamos puede haber causado perplejidad a los lectores por eso procedemos a explicar que entendemos por tal para que no se crea que estamos emitiendo un juicio valorativo negativo (aunque por lo demás, y en honor a la verdad, en ocasiones creemos que ello no sería del todo equívoco).
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Como se recordará la palabra idiota proviene del griego ἰδιώτης (idiōtēs), cuya raíz es la palabra idios que literalmente significa alguien centrado en sí mismo o, para ser incluso más fieles a la cosmovisión griega, alguien centrado en su mundo privado y no en el público (que es donde se ejercían las virtudes). Es precisamente este primer significado, con algunas acotaciones, el que queremos rescatar para los propósitos del post.
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En efecto, en ocasiones nos encontramos tan absortos y centrados en nosotros mismos (esto es, en nuestros propios pensamientos, sentimientos y deseos) que simple y llanamente esperamos que el (o los) otro(s) nos comprenda(n) casi como si leyese(n) nuestra mente. Digamos que hemos tenido un pésimo día y estamos desesperados porque el día se acabe o bien, lo que es más común, por encontrarnos con una persona de nuestro entorno más cercano. Obviamente si dicha persona tiene la mala suerte de encontrarse con nosotros ese día notará que estamos como a la espera de algo... y si por casualidad tal evento esperado no se diera en la realidad podríamos ofuscarnos facilmente por ello. Cambiemos el escenario, nosotros somos quienes detectamos este estado de "expectativa" en la otra persona, sin embargo por nuestra forma de ver el mundo o de interrelacionarnos con los demás sólo daremos, entre líneas, una serie de mensajes o ideas que son las que precisamente la otra persona desea oir o identificar de nosotros.
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Confesamos que nosotros no somos, o al menos no por lo general, el tipo de persona que necesita los gestos en mención pues nos gusta creer con Rilke que una persona es lo que ha sido a lo largo de toda una relación y no lo que ha sido a lo largo de la última conversación. Empero, incuestionablemente somos del tipo de persona que actúa o que le place actuar dejando siempre a los demás algún tipo de simbolismo oculto; precisamente por ese gusto se nos ha imputado que todo lo que hacemos tiene varias lecturas adicionales además de la literal... obviamente pensamos que tal apreciación ya resulta excesivamente optimista sobre nosotros mismos e incluso diríamos que, en cierto sentido, sería también una visión un tanto preocupante por razones que dejamos en el tapete.
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Antes de finalizar creemos conveniente llamar la atención sobre que tal manera de proceder, esto es procurar que el otro lea nuestra mente puede ser en ocasiones un tanto egoista -en la economía se han acuñado dos términos que nos parecen gráficos: self interest y self centered- (allí esta el aspecto del idios) de encontrar la felicidad pues se juega con el interés de los demás y en otras ocasiones es una manera más que segura de generar efectos inciertos (en la etapa de interacción inicial entre dos personas puede ser más que sugerente y grata; en una etapa en que una relación -sea del tipo que fuese- se ha asentado puede ser fuente de conflicto y desencuentros; etc.) que pueden afectar nuestro propio recorrido en la vida o al menos nuestro día a día.
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Se suele pensar que cuando uno divaga en cuestiones de este tipo es porque hay un elemento de conflicto al interior de una persona, y tal apreciación puede encontrar un fortísimo asidero en la realidad, en otros casos creemos que tal juicio es sólo una manera en que evadimos el análisis de la cuestión de fondo... esto es, si lo que se dice es o no cierto. Inclusive de aceptar que siempre las divagaciones de este tipo tienen como correlato el conflicto aludido deberíamos concluir que los investigadores o los interesados en estas manifestaciones humanas los tienen como condición indispensable en el instante en que se preparan para hablar o para escribir de ellos, lo cual es obviamente incorrecto. Con ello no diremos que nosotros no tenemos conflictos, pues ciertamente los tenemos, lo único que deseamos dejar expresado es que el debate siempre estuvo instalado, es sólo hoy, y gracias al presente espacio, que nos animamos a compartirlo con ustedes... pues debemos reconocer que no encontramos muchas oportunidades de cuestionarnos sobre este punto con algún interlocutor sin que sea cuando alguien cercano tiene problemas vinculados a estos asuntos, por lo que muchos de estos argumentos son expuestos pero de modo automático sea por uno u otro sin que se sopesen en realidad sus alcances.
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En el camino recorrido en el presente post hemos encontrado algo que decir, no sabemos bien si lo expresado en estas líneas se constituye en una colección de lugares comunes, pero al menos nos encantaría pensar que alguien encontrará que es precisamente lo que pensaba y por lo tanto hemos dado forma a su propio sentir.

domingo, 6 de abril de 2008

Una página en blanco

Todos nosotros hemos tenido que afrontar en algún momento de nuestras vidas la imperiosa necesidad de tener que escribir algo, desde los inocentes (y en ocasiones torpes, si bien sinceros) versos juveniles dirigidos (en nuestros tiempos resulta más común el empleo de la prosa a tales fines) a aquella persona que por vez primera suscitó en nosotros sentimientos hasta el momento desconocidos, pasando por los infaltables trabajos de colegio y/o universidad (ello si es que no eran redactadas por nuestros padres, en la primera etapa; o un miembro del grupo del cual nos aprovechábamos; o una persona que de buen grado deseaba hacerlo -si me estoy refiriendo a lo que ustedes están imaginando-), llegando a los esfuerzos intelectivos iniciados de buen grado sea por un afán académico sea por el irrefrenable deseo de exteriorizar alguna idea, creación o bien sentimiento que nos invade sin que sepamos con claridad a que se debe ello (nos referimos a un real conocimiento sobre su fuente y su control), sencillamente sabemos que tenemos que hacerlo.
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¿Por qué iniciamos el presente post de esta manera? La respuesta no es sencilla de exponer, si bien irónica y paradojicamente creemos que es muy sencilla de comprender. Hace poco más de una semana mientras efectuabamos aquellas labores propias de la profesión que ejercemos, vale decir al apilar tras de nosotros un sinfín de papeles, concluímos sin ninguna hesitación que sólo podríamos dedicarle un día a la semana al presente blog y signamos al día sábado para ello. El día de ayer no pudimos hacerlo tanto por falta de tiempo cuanto sobretodo de un tema claro al cual dedicarle algunas líneas, seríamos poco honestos si es que no dijésemos que también existía un componente emocional o para ser más precisos la ausencia del mismo. La solución debería ser sencilla para cualquiera: déjalo para mañana dado que si pretendes efectuar una actualización semanal de tu blog te bastaría con acometer dicho esfuerzo el día domingo... y precisamente eso fue lo que hicimos.
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Empero, llegó el día domingo y la ausencia de ideas en cuanto a un tema a tratar y la ausencia del deseo de escribir se mantuvieron persistentes, incluso luego de ver en la noche del sábado uno de aquellos programas nacionales condenados a no ser ubicados en un horario estelar de nuestra cada vez más patética televisión nacional (con un juicio de este calibre tal vez se nos juzgue como un intelectual que se regodea en su propio conocimiento y en su propia visión del mundo por lo que la visión chicha -como algunos sociólogos nacionales prefieren denominar- del Perú y de sus diversas manifestaciones; sin embargo creemos que es una apreciación más que objetiva, salvo mejor opinión) nos referimos al espacio "La función de la palabra" de Marco Aurelio Denegri, quien con justicia y severidad calificaba una serie de publicaciones recientes... lo cual, debemos admitir, siempre nos incentiva a efectuar lo propio desde una muchísimo más limitada perspectiva puesto que sólo nos permitiríamos elevar nuestra voz sobre un campo de estudio más bien desprestigiado en nuestro país (obviamente nos referimos a nuestra propia profesión). Ante una situación como la descrita, el temor frente a la página en blanco va en aumento pero nuevamente y de un modo paradójico las líneas se van ocupando con palabras con una facilidad sorprendente, acaso ello se debe a que nuestra mente al encontrarse inhibido -de una u otra manera- el deseo o, mejor aún, la necesidad de escribir se libera de una manera más sencilla y nos permite afrontar sin complejos todo aquello que se lleva dentro... tal vez ello sea así o, cuanto menos, así nos gustaría creer. Nos explicamos. Cuando eramos niños nos fue revelada una situación por demás peculiar en cuanto a nuestras propias habilidades... por lo general si se nos encomienda la tarea de dibujar algo a lo sumo se recibirá los típicos graficos de una persona o cosa constituida por una serie de líneas; en cambio, si esa misma labor se iniciaba cuando estabamos particularmente aburridos el resultado era del todo distinto (sin llegar a ser una obra digna de compartir). Podría ser que tal situación se repita en cuanto a la escritura, al llegar a este punto de nuestro post lo comenzamos a creer... tan es así que debemos cambiar el título del post so riesgo de no abordar el tema que allí se sugiere, el cual será igualmente compartido para el eventual (y curioso) lector: Ausencia de ideas o ausencia de deseo.
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Habiendo dicho tanto (y a la vez tan poco) creemos que el lector sabe a que nos referimos... no teníamos (ni tenemos) deseos de escribir (si bien estamos profundamente interesados en saber a donde nos llevará el presente post) y sin embargo lo hacemos sin razón aparente (salvando las enormes diferencias en cuanto a áreas e importancia de los individuos, la sensación que se desea exponer -y que es por lo demás la que nos invade- es semejante a la que Alejandro Magno solía apelar cuando en ciertas ocasiones su daimon lo invadía y no sabía con claridad porque actuaba de esa manera pese a que estaba consciente que ello lo llevaría irremediablemente a alcanzar su destino -tanto en el aspecto positivo cuanto negativo que dicha palabra puede ostentar-) y sin un objetivo definido, en una sola interrogante: ¿cuál es su fuente? No estamos seguros ni -evocando el ejemplo sobre Alejandro Magno antes referido- estamos seguros de querer saberlo.
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Al dar vueltas a una pregunta de ese cálibre y que, con justicia, no sabemos cuanto interés pueda suscitarles, la senda iniciada para el presente post vuelve a su cauce regular con la misma facilidad con la que se desvio. El escribir es, como se lo señalaba a una amiga que poseía esa virtud (nótese que decimos tenía porque con el tiempo nos alejamos de esa amiga por múltiples razones que no es el caso relatar, por lo que no sabemos si a la fecha aún posee tal envidiable virtud), siempre una necesidad. La palabra no es empleada por casualidad ni mucho menos es una crítica (imposible por lo demás que así fuese) a aquellas personas que no sienten tal necesidad o porque no podrían sentirla puesto que no se les ha instruido y permanecen como iletrados o analfabetos. Entonces, es menester aclarar nuestro punto. Escribir siempre es una necesidad para quien lo hace, cuando uno es de una gran sensibilidad necesita hacerlo porque de lo contrario dejaría contenido dentro de sí una multiplicidad de ideas o sentimientos que lo agobian; también es una necesidad si uno es una persona más bien cerrada puesto que se constituye como una válvula de escape a aquellos muros que construimos en nuestra vinculación con otros individuos.
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En el sentido aludido es que escribir es una necesidad. La justificación, como es obvio, resulta diversa en ambos casos y aún dentro de cada "explicación" el leit motiv resulta tan diverso como personas existen en este mundo. Nuestra idea no importa que siempre se escribirá, sólo decimos que cuando se hace es precisamente porque se siente la necesidad de hacerlo (por lo menos cuando ello se efectúe para exponer algo y se realice de manera voluntaria) puesto que es claro que las personas individualmente consideradas podrán encontrar satisfacción a su necesidad de exteriorizar su psyche ejercitando multiplicidad de actividades... pero nuestro interés en este momento se centra en el escribir.
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Con seguridad nosotros nos ubicamos en el segundo tipo de persona que siente una necesidad de escribir, ello es algo de lo cual siempre estuvimos conscientes; empero, la sorpresa del presente post -al menos para nosotros- reside en reconocer que en ocasiones la página en blanco, el temor del escritor (en especial en períodos de bloqueo), resulta algo que uno no enfrenta sino que, en un recto sentido, despierta en nosotros un espíritu desconocido quien es para nosotros en realidad el verdadero autor de las ideas que se expresan aunque para ello tome prestados tanto las experiencias, sentimientos y, porque no, el cuerpo de una persona... ello nos agrada sobremanera puesto que implica algo en lo que nos gusta creer: las ideas se abren camino. Si una entidad inmaterial como las ideas pueden abrirse paso en el mundo físico con cuanta mayor razón lo harán otras entidades que si ostentan materialidad o inclusive otras entidades inmateriales un tanto más trascendentes... no nos gustaría calificar tales situaciones como kharma, dharma, destino, equilibrio, etc., pues nos llevaría a una nueva discusión... sólo queremos decir que las cosas son y se dan aunque luchemos contra tales verdades. En tal sentido, hemos obtenido respuesta a una interrogante, somos una persona que tiene la necesidad de escribir aunque no lo quiera... veremos a que nos lleva ello...

sábado, 29 de marzo de 2008

Eleftheria i thanatos

Debemos confesar que al escribir las primeras líneas de un post dedicado expresamente a uno de los conflictos intrínsecos a la propia naturaleza humana nos asaltan una serie de sentimientos un tanto contradictorios y, porque no decirlo, dificilmente calificables con palabras (ya sea que se emplee un lenguaje técnico o uno llano). La anotada complejidad en la transmisión de tales sentimientos podría ser, con ánimo de facilitar la comprensión de lo que deseamos expresar, condensada en dos órdenes de ideas. El primero de ellos radica en que se trata de uno de los debates filosóficos de más antigua data de los que se podría rendir cuenta (acaso sólo superado por el debate en torno al amor, el poder y el significado de la vida -como es obvio enunciamos alfabéticamente los temas aludidos-; pese a que consideramos que en cada uno de estos tópicos se encuentra per se implícita una decisión sobre el presente tema). Por su parte, el segundo se debe a una cuestión de carácter eminentemente personal que sólo cabe exponer en los siguientes términos: nunca hemos sido el tipo de persona que pueda ser definida como pasional, en una palabra somos racionales (pero no en los términos que los teóricos ecónomicos de la Escuela de Chicago desearían) por lo que, en la medida de lo posible, hemos intentado que sea este atributo el que guíe nuestras decisiones evitando por ello caer en un deseo autodestructivo (thanatos).
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Nótese que decimos que hemos intentado dominar el espíritu (daimon, en el sentido socrático del término) destructivo que en ocasiones dicta las decisiones, los comportamientos y, cómo no, los sentimientos que poseemos como seres humanos. Creo que podemos decir, en el actual momento de nuestras vidas, que retrospectivamente logramos ello no sin excesiva introspección (que es uno de los recuerdos más antiguos que tenemos de nuestra más temprana infancia) con, por llamarla de alguna manera, en general la abstinencia de experiencias y en especifico con la abstinencia emocional. Ello no significa que seamos ascetas pero esa sería, por un lado, toda una discusión en sí misma y por lo demás carente de todo interés para ustedes; y, por otro lado, nos alejaría excesivamente de la temática del presente post. Creemos que la presente introducción se ha ya extendido demasiado pese a que su intención tan sólo se ceñia a que se comprendiese la psyche del autor mientras se adentra en la discusión, precisamente por ello ya es momento de entrar en materia.
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En el mundo occidental se suele presentar la discusión en torno a los deseos autodestructivos del ser humano como una cuestión excepcional e incluso patológica, pese a los esfuerzos de filósofos como Sócrates o de psicólogos -con algunas acotaciones- como Freud; a diferencia de sociedades orientales en los que la aceptación de elementos contrapuestos dentro de un mismo individuo no atenta per se con la estabilidad del mismo e incluso podríamos señalar que se presenta como el presupuesto necesario para lograr el equilibrio, el desarollo y, en última instancia, la armonía y la felicidad.
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Frente a un contexto como el descrito, que por lo demás es bastante desalentador, es de suyo razonable esperar que existan ciertos prejuicios ante el deseo o bien la pulsión de muerte (para citar dos términos bastante caros tanto para el propio Freud cuanto para Kant) en la mayoría de personas. Para demostrar la veracidad de nuestra aseveración iniciemos la discusión en base a una afirmación en la que creemos firmemente: si una persona que abraza a su instinto de vida es una persona que suele ser feliz (entendido tal juicio en términos latos) con cuanta mayor razón lo será una persona que logre además abrazar a su espíritu de muerte.
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Dejando a un lado la sorpresa que pudiese causarles una afirmación de este tipo hay que dejar por sentado que lo que estamos diciendo no resulta ser una apología a la filosofía existencialista ni es por asomo algun tipo de coqueteo con deseos suicidas, pese a que no creemos que ningún eventual lector que se acerque al presente texto requiere de la citada precisión. Sin perjuicio de lo anterior, hay que afrontar la tarea de desentrañar el recto sentido de nuestra afirmación dado que en ella se deposita la conclusión del presente post.
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Aclaremos la siguiente idea: una persona que abraza a su espíritu de vida es una persona que por lo general o, mejor aún, según el sentido corriente (o juicio social) puede ser calificada como feliz. Nos explicamos. De conformidad a Kant todos nosotros nos encontramos ante la posibilidad de sucumbir antes las pulsiones y pasiones en consideración a que nuestras decisiones tengan en cuenta los fines que se desean alcanzar y por ende se actúe con sujeción a ellos (tal elemento de la teoría kantiana la contrapone a la estructura filosófica platónica), dicha idea se encuentra ínsita en la propia estructura del denominado imperativo hipótetico. El sentido corriente o juicio social de la felicidad no es la que autores como Kant aceptarían en términos estrictos como tal, puesto que el individuo estaría actuando no-conforme a los dictados de la razón sino, por el contrario, dominado por los deseos que obnubilan la correcta ponderación de aquello que en realidad deseamos. No es, por lo menos no lo es para nosotros, que actuar siguiendo a nuestras pasiones sea necesariamente un síntoma de una vida desenfrenada; aunque sí aceptamos que no es un ejemplo de que el citado individuo sea dueño de sí mismo (en el sentido que más adelante se expondrá) o, cuanto menos, sería la confirmación de que tal individuo requiere de un objetivo (sea éste a corto o largo plazo) que ilumine la senda que debe seguir y que sea la que le sirva de sostén frente al acaecimiento de todas las vicisitudes de la vida que le toque afrontar.
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En virtud a lo indicado precedentemente, la felicidad, en cuanto al sentido usual de la palabra, se centra bien en hacer lo que deseamos hacer o nos place en un momento determinado (esto es, un sentido marcadamente mundano de un sentimiento que no debiera serlo) o bien tener siempre un norte en nuestras vidas a los que se les suele calificar de metas u objetivos de la vida (sea en términos personales, profesionales o académicos), por lo que la consecución de los mismos se da a través de la actuación conforme a ellos (lo cual ya ostenta un sentido más meditado de lo que es la felicidad y de lo que se desea hacer).
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La segunda parte de nuestra afirmación es la más importante puesto que es la transmite el real sentido de nuestro pensamiento. La circunstancia que un individuo abrace sus espíritus de muerte importa para nosotros no sólo la aceptación de aquellos deseos de vida (que por lo general son los que nos brindan los pequeños grandes placeres que marcan nuestra estancia en el mundo) sino también su control, alteración o exacerbación. Vale decir, dicho individuo se torna espontáneamemnte en dueño de sí mismo puesto que sabe no sólo que es lo quiere realmente sino que puede determinar ello en función a su vida: algunos llamarían a esta constatación epifanía. Llegados hasta este punto parecería que el individuo al que hacemos alusión es del todo semejante al que actua conforme a sus objetivos o metas; empero la diferencia se presenta en el hecho que ésta actuación no se da conforme a finalidades, sino simple y sencillamente en tanto consideramos racionalmente los resultados que tal actuación generará en nosotros mismos incluso en términos de destrucción de lo que (transitoriamente) somos (vale decir, modificación, crecimiento o bien aniquilamiento de aspectos cualificantes más no esenciales de nosotros mismos -ello precisamente porque hacerlo implica saber a plenitud quienes somos y que es lo que se debe hacer en la vida-).
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Un sujeto dueño de sí mismo actúa a veces conforme a lo que desea lograr, en otras ocasiones no lo hace porque sencillamente esta consciente de que no puede determinar íntegramente su vida de esa manera. Un actuación que sea únicamente conforme a los mandatos de los espíritus de vida provoca, en nuestra opinión, solamente una conducta lineal y reiterada pues lo que se desea hacer se torna algo arbitrario (si bien su único norte es evitar el dolor, salvo lo que se precisará al final del post) o, en otros casos, se torna una actuación carente de libertad ex post puesto que se tiene que actuar conforme a los objetivos determinados ex ante. Es precisamente en este sentido específico que el deseo autodestructivo del ser humano tiene un sentido muy claro e incluso útil. Todo ello, en cambio, no se presenta cuanto la autodestrucción es sólo un sentimiento que existe dentro de la estructura de los deseos de vida (sea como meta, sea como fuente de felicidad), es aquí donde tal deseo se torna preocupante y merece ser refrenado (pensemos en ejemplos tales como el deseo de conquista por parte de Napoléon, la cólera y deseo de venganza de Aquiles, el deseo de superar límites de Alejandro Magno, etc.)... pero todo ello es una discusión autónoma que no abordaremos el día de hoy, sencillamente ya es suficiente divagación individual sobre un aspecto tan trascendente, es el momento de la retroalimentación...

sábado, 22 de marzo de 2008

Sobre un debate semi-serio en torno a la belleza

Estamos casi convencidos que el título del presente post les debe haber causado cierto grado de perplejidad puesto que estamos afirmando desde el principio que trataremos un asunto que es particularmente importante para un sector significativo de la población mundial (inclusive no pocos científicos, sin contar a las empresas vinculadas a la industria de la belleza) de un modo poco serio. En efecto, dejaremos a un lado las cesudas palabras de Sócrates en el diálogo platónico "Fedro" (o sobre la belleza), la precisión matemática del número áureo (por ejemplo al analizar "La Gioconda"), la explicación fisico-química en base a feromonas, etc. Tal impresión inicial de sorpresa se tornará casi (con seguridad) en un gesto de burla cuando manifieste quienes son los expositores del debate sobre la belleza al cual nos referiremos: un grupo de hobbits.
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Superado el impacto inicial y deseando no aparecer como completamente desquisiados citaremos a continuación dos pasajes de la obra El señor de los anillos: La comunidad del anillo que dan sustento al debate:
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- Pippin en El Poney Pisador le dice a Aragorn, refiriéndose a este último: "(...) luce bien quien hace bien, como dicen en la Comarca (...)".
- El autor describe en los siguientes términos lo que sentía Frodo antes de cantarle una canción a Baya de Oro: "(...) el encantamiento era diferente, menos punzante y menos sublime, pero más profundo y más próximo al corazón humano; maravilloso, pero no ajeno (...)".
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Lo que me interesa destacar en el primer caso es una ligera reminiscencia platónica contenida en el diálogo "Gorgias", en donde Sócrates sentencia que "(...) si lo justo es bello y agradable o útil, entonces también será bueno (...)". Vale decir, aquí la idea de la belleza gira en torno a actuar conforme a la justicia, tan es así que sólo algunos párrafos después de la afirmación de Pippin sobre la apariencia de Aragorn se puede leer la siguiente afirmación de Frodo sobre el mismo asunto "(...) Pienso que un espía del enemigo... bueno, hubiese parecido más hermoso y al mismo tiempo más horrible (...)". Cuanta verdad puede encontrarse en una afirmación tan -por lo menos en apariencia- trivial, pues es claro que a lo largo de nuestras vidas aprendemos, de una u otra manera, que no necesariamente la conformidad con las formas exigidas por la sociedad implica que una persona sea buena o hermosa, tal como le sucedía a Aragorn por ser un sujeto de modales más bien toscos y de apariencia desaliñada. Dejaremos allí el asunto para no caer en una serie de lugares comunes en los que correríamos el riesgo de efectuar una serie de afirmaciones perfectamente calificables como maniqueas o, por contra, totalmente carentes de contenido.
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En cuanto a la segunda afirmación, que es la que a nuestros propósitos resulta más interesante, para una correcta ponderación de sus alcances es menester hacer alusión a un dato: de acuerdo a la cosmología tolkeniana los elfos eran los seres más hermosos de la creación (nótese que hemos dicho de la creación, por lo que se hace a un lado a los Valar y a los Maiar, los cuales preceden a la misma) incluso es de un nivel tal que los propios Poderes de la tierra (un equivalente serían los dioses griegos, empero en términos estrictos se podría decir que para Tolkien -un ferviente católico- en su creación literaria sólo existía una única deidad) los invitan a vivir con ellos. Es decir, la belleza de estos seres era, si cabe el término, sublime o claramente superior a los otros seres que conformaban la creación. Era esta situación idílica la que es cuestionada por Frodo, al ser estos seres el epítome de la belleza hace que uno no se sienta estrechamente vinculada a tal personificación de la belleza pues es muy distinta a la propia imagen que tenemos de nosotros mismos (en especial si se es una criatura que mide en promedio 1.2o m., de pies peludos, mejillas rojizas, de rostros anchos y más bien rollizos).
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Salvando las enormes diferencias que existen entre los hobbits y los elfos, muchas veces la idea de belleza que uno (sea hobbit o no) maneja es sustancialmente distinta a lo que es regularmente la proyección física real de nosotros mismos (todos somos testigos de excepción respecto de la constante proyección en diarios, revistas, televisión y cine de tales íconos). Empero, también nos encontramos a diario muestras de una belleza menos idílica, como a la que hace mención Frodo respecto de Baya de Oro, que directa e irremediablemente nos toca el corazón de una manera tan terrenal pero profunda que no podemos sino quedar sencillamente absortos por ella.
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No queremos que de lo dicho se concluya, pues no es lo que deseamos transmitir, que ello sería prueba del conformismo de todos nosotros sobre lo que es belleza o, por contra, la manifestación de un pragmatismo envidiable. En realidad, creemos que es algo distinto, la belleza no es más que la calificación teorética del efecto que produce en nosotros la confrontación con algún elemento que puede ser percibido -de una u otra manera- por nuestros sentidos. De aceptarse nuestra afirmación, se caería en la siguiente constatación: en realidad será belleza sólo lo que produce una experiencia profunda y en la misma medida nos resulta plenamente calificable como "nuestra" puesto que al ser partícipes de ella (desde cualquier punto de vista siempre la experiencia sería de primera persona) se podra medir, calificar, identificar, etc., o, en una sola palabra vivir la belleza, que es lo que en última instancia permite saber que es tal.
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Con ello, culminaríamos como empezamos: con una sorpresa, puesto que hemos llegado a una aporía. La belleza que hemos calificado de súblime o idílica no sería realmente belleza, en tanto y en cuanto que la misma no es perceptible o identificable per se, lo único que merece la calificación de belleza es la que puede ser experimentada y por ende producir cierto efecto en nosotros... prueba de ello es que frente a la vivencia de lo que es la belleza ninguno de nosotros permanece impasible y precisamente por esta razón traducimos tal constatación en conductas, sentimientos, lazos, etc., mientras que de la belleza no experimentada no surge nada más que impasibilidad.

viernes, 21 de marzo de 2008

¿Por qué se debe leer entre líneas?

Volvemos a centrar nuestra atención en un tema que mantiene una estrecha vinculación con la interpretación, esta vez no sólo se limitará al análisis de piezas musicales sino que se ampliará la visión a las conductas y afirmaciones de los seres humanos. Si bien desde un inicio hemos optado por mantener en reserva una serie de datos referidos a nosotros mismos para procurar alcanzar (siquiera ilusoriamente) un mayor grado de objetividad en la exposición de ciertos tópicos, debemos dejar en claro que no somos expertos -ni siquiera remotamente- en los aspectos téoricos de la psicología y/o la psiquiatría que tanto nos podrían ayudar para descender, con paso seguro, en las estructuras mentales y en la manera en que se forma y se da ejecución a una idea.
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Empero, las limitaciones mencionadas no impiden que tengamos algunos elementos de juicio para siquiera esbozar algunas apreciaciones sobre el particular. Teniendo en consideración el contexto antes descrito podremos exponer, con mayor tranquilidad y con un lenguaje llano, algunas ideas que, con el decurso del tiempo, se han tornado recurrentes en nuestra propia experiencia. No obstante ello, es menester resaltar -por si fuese necesario- que, como todo conocimiento humano que se funde en la experiencia, se torna de suyo contingente y, en no pocas ocasiones, un tanto asistemático.
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A pesar de tal riesgo, recurriremos a una serie de ejemplos y/o hipótesis a fin de aclarar ciertos aspectos comunes a la vida en sociedad. Nos explicamos. Colocaremos tres (3) ejemplos distintos, cada uno de ellos girará en torno a campos distintos de la vida diaria: el primero de ellos es propio del ámbito personal, el segundo del laboral y el tercero lo es del académico. En cuanto al primero, es por demás usual que se produzcan problemas al interior de una relación (sea amical y/o amorosa) por el consabido asunto (y a estas alturas una exigencia políticamente correcta) de la comunicación o para ser más precisos a los problemas de comunicación. Fuera del debate en torno a si las mujeres son de Venus y los hombres son de Marte, una cuestión que todos damos por sobreentendido (o cuanto menos ya debiera ser así) es que la comunicación no se limita a los aspectos meramente linguísticos sino también abarca, que duda cabe, a los conductuales.
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La importancia de una constatación de este tipo (fuera de ser una verdad de Perogrullo) radica en la siguiente sentencia de Rainer Maria Rilke "Una persona no es lo que dijo durante la última conversación, sino lo que ha sido a lo largo de toda la relación"; vale decir, fuera de la conocida dificultad de una u otra persona para expresar tanto sus afectos cuanto sus aspiraciones hay que siempre tener en cuenta como se comportó a lo largo del tiempo. Ello evidentemente no significa dar a un individuo una carta blanca por ciertos problemas en la exteriorización de su psyche sino por el contrario tiene como propósito extraer dos ideas: (i) saber que tipo de gestos y/o ideas son difíciles de verbalizar a tal persona por lo que no deberíamos juzgar las mencionadas situaciones como si se tratase de cualquier individuo sino del específico sujeto que tenemos frente a nosotros; y, (ii) juzgar de manera un tanto más fidedigna aquellos síntomas de molestía, incomodidad o, si se quiere más en general, de desgaste de la relación así como aquellas manifestaciones de sentimientos más positivos dentro de ella. Con todo, no queremos dar a entender que todos nosotros debemos tener alma de psicoanalistas o de expertos en comunicación no verbal, pero cuanto menos creemos que si debemos reconocer que ya puestos en una relación, cualquiera sea el tipo, lo mejor que podemos hacer es tener la mayor información posible de la otra persona a fin de permitir una interacción fluída y sin mayores percances.
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Objetivamente siempre resultará ideal y aconsejable que la comunicación sea directa y clara, lamentablemente, hay que admitirlo sin ambages, esa situación si es que no resulta de caracter utópico solamente se puede construir con un esfuerzo de los intervinientes así como con el apoyo del tiempo y de la confianza, por lo que, al menos en las primeras etapas de toda relación (que contradictoriamente son las más importantes), nuestra principal fuente de información debiera ser la antes aludida.
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No queremos ser indiscretos, pero a quien de ustedes no le ha sucedido (o le sucederá) que llega a sus oidos que cierta persona de su centro de trabajo tuvo algún percance (sea vinculado o no con el ejercicio de su profesión u oficio) más o menos trascendente y ello se vuelve la comidilla de la oficina por algunos días o, por otro lado, se inician ciertas fricciones porque se supone que alguien dijo algo que no debió haber dicho o se supone que dijo algo cuando en realidad no lo hizo. La situación en estas circunstancias es mucho más complicada de manejar porque por lo general existen envidias o competencias, más o menos explícitas, entre dichas personas; sin embargo, la situación debería ser llevada tal y como lo sugiere la biblia -en especial en una época como la que estamos atravesando: semana santa-, primero conversar con nuestro prójimo a solas y solamente después hacerlo frente a testigos o bien en público; cumpliendo las recomendaciones expuestas en el párrafo precedente.
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Indudablemente el aspecto menos problemático en nuestras vidas, o por lo menos así debiera serlo, es el académico. Aquí la discusión debe girar en torno a los presupuestos que trae cada uno de los comportamientos y afirmaciones que se observan, para luego contrastarlos con todas las consecuencias que conceptualmente se obtendrán de seguir la afirmación en cuestión. Si bien es un campo con menos conflictos que los anteriores, lamentablemente es uno que puede generar algunos problemas en su vinculación con el campo laboral, básicamente porque de una u otra manera damos por sentado que las enseñanzas recibidas fueron las correctas simplemente por la autoridad o seguridad con que nos fueron transmitidas. En tal sentido, si aprendemos a leer más entre líneas las enseñanzas que recibimos tendremos mejores oportunidades tanto de aprender cuanto de efectuar debates enriquecedores sin quedarnos en cuestiones preeliminares, dado que si entendemos el marco en el que se maneja el contrario podremos comprender la razón de cierta construcción teórica y corroborar su real utilidad así como su conveniencia y coherencia.
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Con todo estamos de acuerdo que seguir estas ideas que, sin lugar a dudas, a todos se nos deben haber cruzado por la mente en más de una oportunidad, se torna más que complicada si es que se ponen en juego aquellos intereses que -por definición- pueden verse afectados en los ámbitos que se han propuesto. Resulta innegable que en el campo personal los intereses en juego son los sentimientos que inspiran las relaciones interpersonales de orden amical, familiar y/o amoroso; mientras que, por su parte, en el campo laboral los mismos son preponderantemente económicos y profesionales (metas y objetivos); y, finalmente, en el ámbito académico los interes giran casi en exclusiva en el reconocimiento, en la reputación y en el obtener también determinadas metas profesionales.
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Sin perjuicio de tales intereses, o acaso precisamente por la existecia de ellos, debemos procurar, en la medida de nuestras posibilidades, mantener un análisis racional de las situaciones, pese a que exigir ello sea tan legítimo como solicitar que el ser humano controle conscientemente sus propias inclinaciones autodestructivas, vale decir, es algo que no es sencillo pues implica negar una parte de lo que nos define aunque no por ello debemos dejar de intentarlo.
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Antes de culminar queremos señalar sólo una última idea, todo lo que hemos dicho se limita a ser una mera percepción de la realidad y por ende cuestionable por la experiencia contingente que la inspira, todo ello, sin embargo, no niega que la pertinencia de los esfuerzos planteados pueda en ciertas ocasiones brindarnos más de una sorpresa y, porque no, más de una satisfacción.

jueves, 20 de marzo de 2008

Entre dos aires distintos

De un tiempo a esta parte hemos tenido la oportunidad de oír, con una regularidad casi religiosa, dos arias (o, en italiano, arie) muy conocidas. La primera de ellas pertenece a la opera Turandot de Giacomo Puccini, nos referimos -como ya debe ser obvio- a Nessun dorma (Nadie duerma) y pese a que su título evoque pocos recuerdos a la mayoría de nosotros, salvo a los ocasionales seguidores de reality shows en los que se busca nuevos talentos musicales -¿recuerdan a Paul Potts?-, el solo oír la primera parte de su ejecución causa inmediatamente (al menos lo tiene en quien escribe estas líneas) un profundo impacto emocional; la segunda aria pertenece a la opera Rigoletto de Giuseppe Verdi y su título es más que conocido La donna è mobile (La mujer es voluble).
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Ambas arie (o, en castellano, aires) nos traen a la mente, sin ningún esfuerzo, el nombre de un tenor inmortal: Luciano Pavarotti. El sentido de nuestra afirmación es sencillo de comprender si recordamos que tales piezas fueron -por largos años- parte del repertorio regular del ilustre hijo de la ciudad de Modena. Inclusive nuestro recuento, tanto porque formó parte del repertorio de Pavarotti cuanto sobretodo porque es una canción a la que volvemos de cuando en cuando, se encontraría incompleto si es que no hacemos mención expresa al lied de Franz Schubert Ave Maria.
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Por el momento, con cargo a desarrollarlo en otra oportunidad, quisiéramos exponerles las sensaciones contrapuestas que nos generan ambas arias. Por un lado Nessun dorma nos genera una tristeza y melancolía que nos cuesta trabajo explicar pues si uno tiene la oportunidad de entender la letra del aria (sea porque entiende el idioma o bien porque se ha dado el trabajo de encontrar su traducción) cae en la cuenta que oír su interpretación debería transmitirnos sentimientos de otro tipo y sustancialmente más positivos, tales como la esperanza. Por su parte La donna è mobile nos transmite (o diría mejor nos transmitía), con su ritmo más bien alegre, un sentimiento de festividad; empero, cuando uno cae en la cuenta de la letra de la canción se sorprende -en no escasa medida- con el hecho que se presenta de cierta manera como una exhortación a desconfiar en la mujer casi en la misma medida en que condena a los hombres a no ser plenamente felices si es que no es al lado de ellas.
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La duda que se podría suscitar con total justicia sería porque nos encontramos cuestionando los sentimientos que producen dos operas frente al mensaje que tienen sus respectivas letras. Tal vez ello no sea de sustancial importancia o tal vez estamos equivocados, sea en la interpretación de las arias, sea en restarle méritos a la relevancia de la discusión, cualquiera de las opciones nos parecen igualmente factibles por lo que dejamos el análisis de la cuestión al lector. Lo único en lo que nos queremos detener antes de acabar el presente post se centra en cuantas veces a lo largo de nuestras vidas oímos o leemos ciertas afirmaciones y no nos detenemos siquiera a estudiarlas más al detalle, en ocasiones (acaso sea la mayoría de ellas) sucede respecto de afirmaciones cuya trascendencia no merece dicho esfuerzo pero cada día más nos cuestionamos si por dicha practica extendida, aprendida e imperturbable no estamos dejando de lado el análisis de materias que ya nos comienzan a exigir mayor atención (sea en el aspecto personal, profesional o académico).
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Quien sabe, podría ser que ustedes se topen con una sorpresa similar a la nuestra cada vez que nos detenemos a oír al detalle las letras de ambas arias. En lo que a nosotros respecta, por lo menos en las últimas semanas, los sentimientos propios del día a día en el aspecto personal giran entre una tristeza y melancolía semejante a la que nos produce oír Nessun Dorma (y hasta el momento no sabemos muy bien la razón de ello) y la aceptación de las ideas que nos quiere transmitir La donna è mobile.
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Tal vez estamos exagerando en la amplitud del análisis de los significados de ambas operas o tal vez hemos encontrado algo interesante que estudiar. Después de esta breve exposición sólo nos queda preguntar ¿qué opinan ustedes?