domingo, 20 de abril de 2008

Observando el reloj de cuerda suspendido o tan solo sentado sobre el busto de Palas

Muy a nuestro pesar tenemos que reconocer que las últimas semanas no han sido de las mejores en cuanto a aquellos aspectos o manifestaciones de nosotros mismos que nos permiten escribir continuamente y, debemos reconocerlo, en ocasiones de manera un tanto desmesurada. A efectos de que se nos comprenda de mejor manera, deseamos señalar, tal cual se hizo en el último post, que el escribir (voluntariamente) satisface una necesidad en el ser humano y se constituye muchas veces en una válvula de escape (sea por las barreras que imponemos en nuestro trato con los demás, sea precisamente porque no nos las imponemos y nuestra propia sensibilidad nos exige un espectro más amplio de expresiones de nuestra individualidad -con toda la carga que esa palabra debe tener en nuestra opinión-).
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Empero estamos convencidos que el aspecto primordial que en estas semanas se ha ido, lenta y ostensiblemente, afectando no es tanto el deseo de escribir, si bien aceptamos de inmediato que el mismo es en estos momentos casi inexistente... y, sin embargo, escribimos! (o en italiano: eppur scriviamo) -repitiendo de un modo mucho más modesto aunque igual de confrontacional la hipotética respuesta de Galileo Galilei (la conocida frase es en castellano: "y, sin embargo, se mueve"; y en italiano: "eppur si muove") a la Inquisición sobre si la tierra se movía o no alrededor del sol-; en realidad lo que se ha venido afectando es la facilidad de detectar una idea lo suficientemente trascendente como para trasmitirla a ustedes los eventuales lectores.
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Nótese que no pretendemos que las breves y, en ocasiones, poco interesantes líneas que de tanto en tanto nos aventuramos a redactar sean para ustedes de "obligatoria lectura", eso significaría irrogarnos habilidades en cuanto a la creación literaria e identificación de tópicos que no creemos poseer. No obstante si creemos, o por lo menos así nos gustaría creer, que encontrar que alguien más piensa de modo semejante a nosotros resulta sino acaso grato cuanto menos puede resultar reconfortante, ello -podríamos asegurar- se torna patente en ciertas situaciones y momentos de nuestras vidas.
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Por ejemplo todos nosotros, seamos hombres o mujeres, tenemos en ciertas circunstancias o pasajes de nuestras vidas la tendencia a requerir de nuestros congéneres ciertos gestos que nos permitan concluir que somos importantes para el otro. En ese mismo sentido, y por dificultades en expresar lo que pensamos o lo que sentimos en un momento dado, muchas veces las cosas más importantes -o cuanto menos la mayor parte de la información que brindamos a nuestro interlocutor, nuestra contraparte, etc.- es de cariz no verbal o, si se quiere, se encuentra graficado o representado de un modo subyacente o implícito.
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¿Por qué decimos ello? La razón es más que sencilla. Todos los seres humanos somos en este punto no sólo inocentes sino que nuestra conducta es bastante paradójica e incluso diríamos, para no andarnos con rodeos, bastante "idiota". La calificación que empleamos puede haber causado perplejidad a los lectores por eso procedemos a explicar que entendemos por tal para que no se crea que estamos emitiendo un juicio valorativo negativo (aunque por lo demás, y en honor a la verdad, en ocasiones creemos que ello no sería del todo equívoco).
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Como se recordará la palabra idiota proviene del griego ἰδιώτης (idiōtēs), cuya raíz es la palabra idios que literalmente significa alguien centrado en sí mismo o, para ser incluso más fieles a la cosmovisión griega, alguien centrado en su mundo privado y no en el público (que es donde se ejercían las virtudes). Es precisamente este primer significado, con algunas acotaciones, el que queremos rescatar para los propósitos del post.
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En efecto, en ocasiones nos encontramos tan absortos y centrados en nosotros mismos (esto es, en nuestros propios pensamientos, sentimientos y deseos) que simple y llanamente esperamos que el (o los) otro(s) nos comprenda(n) casi como si leyese(n) nuestra mente. Digamos que hemos tenido un pésimo día y estamos desesperados porque el día se acabe o bien, lo que es más común, por encontrarnos con una persona de nuestro entorno más cercano. Obviamente si dicha persona tiene la mala suerte de encontrarse con nosotros ese día notará que estamos como a la espera de algo... y si por casualidad tal evento esperado no se diera en la realidad podríamos ofuscarnos facilmente por ello. Cambiemos el escenario, nosotros somos quienes detectamos este estado de "expectativa" en la otra persona, sin embargo por nuestra forma de ver el mundo o de interrelacionarnos con los demás sólo daremos, entre líneas, una serie de mensajes o ideas que son las que precisamente la otra persona desea oir o identificar de nosotros.
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Confesamos que nosotros no somos, o al menos no por lo general, el tipo de persona que necesita los gestos en mención pues nos gusta creer con Rilke que una persona es lo que ha sido a lo largo de toda una relación y no lo que ha sido a lo largo de la última conversación. Empero, incuestionablemente somos del tipo de persona que actúa o que le place actuar dejando siempre a los demás algún tipo de simbolismo oculto; precisamente por ese gusto se nos ha imputado que todo lo que hacemos tiene varias lecturas adicionales además de la literal... obviamente pensamos que tal apreciación ya resulta excesivamente optimista sobre nosotros mismos e incluso diríamos que, en cierto sentido, sería también una visión un tanto preocupante por razones que dejamos en el tapete.
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Antes de finalizar creemos conveniente llamar la atención sobre que tal manera de proceder, esto es procurar que el otro lea nuestra mente puede ser en ocasiones un tanto egoista -en la economía se han acuñado dos términos que nos parecen gráficos: self interest y self centered- (allí esta el aspecto del idios) de encontrar la felicidad pues se juega con el interés de los demás y en otras ocasiones es una manera más que segura de generar efectos inciertos (en la etapa de interacción inicial entre dos personas puede ser más que sugerente y grata; en una etapa en que una relación -sea del tipo que fuese- se ha asentado puede ser fuente de conflicto y desencuentros; etc.) que pueden afectar nuestro propio recorrido en la vida o al menos nuestro día a día.
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Se suele pensar que cuando uno divaga en cuestiones de este tipo es porque hay un elemento de conflicto al interior de una persona, y tal apreciación puede encontrar un fortísimo asidero en la realidad, en otros casos creemos que tal juicio es sólo una manera en que evadimos el análisis de la cuestión de fondo... esto es, si lo que se dice es o no cierto. Inclusive de aceptar que siempre las divagaciones de este tipo tienen como correlato el conflicto aludido deberíamos concluir que los investigadores o los interesados en estas manifestaciones humanas los tienen como condición indispensable en el instante en que se preparan para hablar o para escribir de ellos, lo cual es obviamente incorrecto. Con ello no diremos que nosotros no tenemos conflictos, pues ciertamente los tenemos, lo único que deseamos dejar expresado es que el debate siempre estuvo instalado, es sólo hoy, y gracias al presente espacio, que nos animamos a compartirlo con ustedes... pues debemos reconocer que no encontramos muchas oportunidades de cuestionarnos sobre este punto con algún interlocutor sin que sea cuando alguien cercano tiene problemas vinculados a estos asuntos, por lo que muchos de estos argumentos son expuestos pero de modo automático sea por uno u otro sin que se sopesen en realidad sus alcances.
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En el camino recorrido en el presente post hemos encontrado algo que decir, no sabemos bien si lo expresado en estas líneas se constituye en una colección de lugares comunes, pero al menos nos encantaría pensar que alguien encontrará que es precisamente lo que pensaba y por lo tanto hemos dado forma a su propio sentir.

domingo, 6 de abril de 2008

Una página en blanco

Todos nosotros hemos tenido que afrontar en algún momento de nuestras vidas la imperiosa necesidad de tener que escribir algo, desde los inocentes (y en ocasiones torpes, si bien sinceros) versos juveniles dirigidos (en nuestros tiempos resulta más común el empleo de la prosa a tales fines) a aquella persona que por vez primera suscitó en nosotros sentimientos hasta el momento desconocidos, pasando por los infaltables trabajos de colegio y/o universidad (ello si es que no eran redactadas por nuestros padres, en la primera etapa; o un miembro del grupo del cual nos aprovechábamos; o una persona que de buen grado deseaba hacerlo -si me estoy refiriendo a lo que ustedes están imaginando-), llegando a los esfuerzos intelectivos iniciados de buen grado sea por un afán académico sea por el irrefrenable deseo de exteriorizar alguna idea, creación o bien sentimiento que nos invade sin que sepamos con claridad a que se debe ello (nos referimos a un real conocimiento sobre su fuente y su control), sencillamente sabemos que tenemos que hacerlo.
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¿Por qué iniciamos el presente post de esta manera? La respuesta no es sencilla de exponer, si bien irónica y paradojicamente creemos que es muy sencilla de comprender. Hace poco más de una semana mientras efectuabamos aquellas labores propias de la profesión que ejercemos, vale decir al apilar tras de nosotros un sinfín de papeles, concluímos sin ninguna hesitación que sólo podríamos dedicarle un día a la semana al presente blog y signamos al día sábado para ello. El día de ayer no pudimos hacerlo tanto por falta de tiempo cuanto sobretodo de un tema claro al cual dedicarle algunas líneas, seríamos poco honestos si es que no dijésemos que también existía un componente emocional o para ser más precisos la ausencia del mismo. La solución debería ser sencilla para cualquiera: déjalo para mañana dado que si pretendes efectuar una actualización semanal de tu blog te bastaría con acometer dicho esfuerzo el día domingo... y precisamente eso fue lo que hicimos.
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Empero, llegó el día domingo y la ausencia de ideas en cuanto a un tema a tratar y la ausencia del deseo de escribir se mantuvieron persistentes, incluso luego de ver en la noche del sábado uno de aquellos programas nacionales condenados a no ser ubicados en un horario estelar de nuestra cada vez más patética televisión nacional (con un juicio de este calibre tal vez se nos juzgue como un intelectual que se regodea en su propio conocimiento y en su propia visión del mundo por lo que la visión chicha -como algunos sociólogos nacionales prefieren denominar- del Perú y de sus diversas manifestaciones; sin embargo creemos que es una apreciación más que objetiva, salvo mejor opinión) nos referimos al espacio "La función de la palabra" de Marco Aurelio Denegri, quien con justicia y severidad calificaba una serie de publicaciones recientes... lo cual, debemos admitir, siempre nos incentiva a efectuar lo propio desde una muchísimo más limitada perspectiva puesto que sólo nos permitiríamos elevar nuestra voz sobre un campo de estudio más bien desprestigiado en nuestro país (obviamente nos referimos a nuestra propia profesión). Ante una situación como la descrita, el temor frente a la página en blanco va en aumento pero nuevamente y de un modo paradójico las líneas se van ocupando con palabras con una facilidad sorprendente, acaso ello se debe a que nuestra mente al encontrarse inhibido -de una u otra manera- el deseo o, mejor aún, la necesidad de escribir se libera de una manera más sencilla y nos permite afrontar sin complejos todo aquello que se lleva dentro... tal vez ello sea así o, cuanto menos, así nos gustaría creer. Nos explicamos. Cuando eramos niños nos fue revelada una situación por demás peculiar en cuanto a nuestras propias habilidades... por lo general si se nos encomienda la tarea de dibujar algo a lo sumo se recibirá los típicos graficos de una persona o cosa constituida por una serie de líneas; en cambio, si esa misma labor se iniciaba cuando estabamos particularmente aburridos el resultado era del todo distinto (sin llegar a ser una obra digna de compartir). Podría ser que tal situación se repita en cuanto a la escritura, al llegar a este punto de nuestro post lo comenzamos a creer... tan es así que debemos cambiar el título del post so riesgo de no abordar el tema que allí se sugiere, el cual será igualmente compartido para el eventual (y curioso) lector: Ausencia de ideas o ausencia de deseo.
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Habiendo dicho tanto (y a la vez tan poco) creemos que el lector sabe a que nos referimos... no teníamos (ni tenemos) deseos de escribir (si bien estamos profundamente interesados en saber a donde nos llevará el presente post) y sin embargo lo hacemos sin razón aparente (salvando las enormes diferencias en cuanto a áreas e importancia de los individuos, la sensación que se desea exponer -y que es por lo demás la que nos invade- es semejante a la que Alejandro Magno solía apelar cuando en ciertas ocasiones su daimon lo invadía y no sabía con claridad porque actuaba de esa manera pese a que estaba consciente que ello lo llevaría irremediablemente a alcanzar su destino -tanto en el aspecto positivo cuanto negativo que dicha palabra puede ostentar-) y sin un objetivo definido, en una sola interrogante: ¿cuál es su fuente? No estamos seguros ni -evocando el ejemplo sobre Alejandro Magno antes referido- estamos seguros de querer saberlo.
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Al dar vueltas a una pregunta de ese cálibre y que, con justicia, no sabemos cuanto interés pueda suscitarles, la senda iniciada para el presente post vuelve a su cauce regular con la misma facilidad con la que se desvio. El escribir es, como se lo señalaba a una amiga que poseía esa virtud (nótese que decimos tenía porque con el tiempo nos alejamos de esa amiga por múltiples razones que no es el caso relatar, por lo que no sabemos si a la fecha aún posee tal envidiable virtud), siempre una necesidad. La palabra no es empleada por casualidad ni mucho menos es una crítica (imposible por lo demás que así fuese) a aquellas personas que no sienten tal necesidad o porque no podrían sentirla puesto que no se les ha instruido y permanecen como iletrados o analfabetos. Entonces, es menester aclarar nuestro punto. Escribir siempre es una necesidad para quien lo hace, cuando uno es de una gran sensibilidad necesita hacerlo porque de lo contrario dejaría contenido dentro de sí una multiplicidad de ideas o sentimientos que lo agobian; también es una necesidad si uno es una persona más bien cerrada puesto que se constituye como una válvula de escape a aquellos muros que construimos en nuestra vinculación con otros individuos.
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En el sentido aludido es que escribir es una necesidad. La justificación, como es obvio, resulta diversa en ambos casos y aún dentro de cada "explicación" el leit motiv resulta tan diverso como personas existen en este mundo. Nuestra idea no importa que siempre se escribirá, sólo decimos que cuando se hace es precisamente porque se siente la necesidad de hacerlo (por lo menos cuando ello se efectúe para exponer algo y se realice de manera voluntaria) puesto que es claro que las personas individualmente consideradas podrán encontrar satisfacción a su necesidad de exteriorizar su psyche ejercitando multiplicidad de actividades... pero nuestro interés en este momento se centra en el escribir.
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Con seguridad nosotros nos ubicamos en el segundo tipo de persona que siente una necesidad de escribir, ello es algo de lo cual siempre estuvimos conscientes; empero, la sorpresa del presente post -al menos para nosotros- reside en reconocer que en ocasiones la página en blanco, el temor del escritor (en especial en períodos de bloqueo), resulta algo que uno no enfrenta sino que, en un recto sentido, despierta en nosotros un espíritu desconocido quien es para nosotros en realidad el verdadero autor de las ideas que se expresan aunque para ello tome prestados tanto las experiencias, sentimientos y, porque no, el cuerpo de una persona... ello nos agrada sobremanera puesto que implica algo en lo que nos gusta creer: las ideas se abren camino. Si una entidad inmaterial como las ideas pueden abrirse paso en el mundo físico con cuanta mayor razón lo harán otras entidades que si ostentan materialidad o inclusive otras entidades inmateriales un tanto más trascendentes... no nos gustaría calificar tales situaciones como kharma, dharma, destino, equilibrio, etc., pues nos llevaría a una nueva discusión... sólo queremos decir que las cosas son y se dan aunque luchemos contra tales verdades. En tal sentido, hemos obtenido respuesta a una interrogante, somos una persona que tiene la necesidad de escribir aunque no lo quiera... veremos a que nos lleva ello...