sábado, 29 de marzo de 2008

Eleftheria i thanatos

Debemos confesar que al escribir las primeras líneas de un post dedicado expresamente a uno de los conflictos intrínsecos a la propia naturaleza humana nos asaltan una serie de sentimientos un tanto contradictorios y, porque no decirlo, dificilmente calificables con palabras (ya sea que se emplee un lenguaje técnico o uno llano). La anotada complejidad en la transmisión de tales sentimientos podría ser, con ánimo de facilitar la comprensión de lo que deseamos expresar, condensada en dos órdenes de ideas. El primero de ellos radica en que se trata de uno de los debates filosóficos de más antigua data de los que se podría rendir cuenta (acaso sólo superado por el debate en torno al amor, el poder y el significado de la vida -como es obvio enunciamos alfabéticamente los temas aludidos-; pese a que consideramos que en cada uno de estos tópicos se encuentra per se implícita una decisión sobre el presente tema). Por su parte, el segundo se debe a una cuestión de carácter eminentemente personal que sólo cabe exponer en los siguientes términos: nunca hemos sido el tipo de persona que pueda ser definida como pasional, en una palabra somos racionales (pero no en los términos que los teóricos ecónomicos de la Escuela de Chicago desearían) por lo que, en la medida de lo posible, hemos intentado que sea este atributo el que guíe nuestras decisiones evitando por ello caer en un deseo autodestructivo (thanatos).
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Nótese que decimos que hemos intentado dominar el espíritu (daimon, en el sentido socrático del término) destructivo que en ocasiones dicta las decisiones, los comportamientos y, cómo no, los sentimientos que poseemos como seres humanos. Creo que podemos decir, en el actual momento de nuestras vidas, que retrospectivamente logramos ello no sin excesiva introspección (que es uno de los recuerdos más antiguos que tenemos de nuestra más temprana infancia) con, por llamarla de alguna manera, en general la abstinencia de experiencias y en especifico con la abstinencia emocional. Ello no significa que seamos ascetas pero esa sería, por un lado, toda una discusión en sí misma y por lo demás carente de todo interés para ustedes; y, por otro lado, nos alejaría excesivamente de la temática del presente post. Creemos que la presente introducción se ha ya extendido demasiado pese a que su intención tan sólo se ceñia a que se comprendiese la psyche del autor mientras se adentra en la discusión, precisamente por ello ya es momento de entrar en materia.
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En el mundo occidental se suele presentar la discusión en torno a los deseos autodestructivos del ser humano como una cuestión excepcional e incluso patológica, pese a los esfuerzos de filósofos como Sócrates o de psicólogos -con algunas acotaciones- como Freud; a diferencia de sociedades orientales en los que la aceptación de elementos contrapuestos dentro de un mismo individuo no atenta per se con la estabilidad del mismo e incluso podríamos señalar que se presenta como el presupuesto necesario para lograr el equilibrio, el desarollo y, en última instancia, la armonía y la felicidad.
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Frente a un contexto como el descrito, que por lo demás es bastante desalentador, es de suyo razonable esperar que existan ciertos prejuicios ante el deseo o bien la pulsión de muerte (para citar dos términos bastante caros tanto para el propio Freud cuanto para Kant) en la mayoría de personas. Para demostrar la veracidad de nuestra aseveración iniciemos la discusión en base a una afirmación en la que creemos firmemente: si una persona que abraza a su instinto de vida es una persona que suele ser feliz (entendido tal juicio en términos latos) con cuanta mayor razón lo será una persona que logre además abrazar a su espíritu de muerte.
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Dejando a un lado la sorpresa que pudiese causarles una afirmación de este tipo hay que dejar por sentado que lo que estamos diciendo no resulta ser una apología a la filosofía existencialista ni es por asomo algun tipo de coqueteo con deseos suicidas, pese a que no creemos que ningún eventual lector que se acerque al presente texto requiere de la citada precisión. Sin perjuicio de lo anterior, hay que afrontar la tarea de desentrañar el recto sentido de nuestra afirmación dado que en ella se deposita la conclusión del presente post.
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Aclaremos la siguiente idea: una persona que abraza a su espíritu de vida es una persona que por lo general o, mejor aún, según el sentido corriente (o juicio social) puede ser calificada como feliz. Nos explicamos. De conformidad a Kant todos nosotros nos encontramos ante la posibilidad de sucumbir antes las pulsiones y pasiones en consideración a que nuestras decisiones tengan en cuenta los fines que se desean alcanzar y por ende se actúe con sujeción a ellos (tal elemento de la teoría kantiana la contrapone a la estructura filosófica platónica), dicha idea se encuentra ínsita en la propia estructura del denominado imperativo hipótetico. El sentido corriente o juicio social de la felicidad no es la que autores como Kant aceptarían en términos estrictos como tal, puesto que el individuo estaría actuando no-conforme a los dictados de la razón sino, por el contrario, dominado por los deseos que obnubilan la correcta ponderación de aquello que en realidad deseamos. No es, por lo menos no lo es para nosotros, que actuar siguiendo a nuestras pasiones sea necesariamente un síntoma de una vida desenfrenada; aunque sí aceptamos que no es un ejemplo de que el citado individuo sea dueño de sí mismo (en el sentido que más adelante se expondrá) o, cuanto menos, sería la confirmación de que tal individuo requiere de un objetivo (sea éste a corto o largo plazo) que ilumine la senda que debe seguir y que sea la que le sirva de sostén frente al acaecimiento de todas las vicisitudes de la vida que le toque afrontar.
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En virtud a lo indicado precedentemente, la felicidad, en cuanto al sentido usual de la palabra, se centra bien en hacer lo que deseamos hacer o nos place en un momento determinado (esto es, un sentido marcadamente mundano de un sentimiento que no debiera serlo) o bien tener siempre un norte en nuestras vidas a los que se les suele calificar de metas u objetivos de la vida (sea en términos personales, profesionales o académicos), por lo que la consecución de los mismos se da a través de la actuación conforme a ellos (lo cual ya ostenta un sentido más meditado de lo que es la felicidad y de lo que se desea hacer).
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La segunda parte de nuestra afirmación es la más importante puesto que es la transmite el real sentido de nuestro pensamiento. La circunstancia que un individuo abrace sus espíritus de muerte importa para nosotros no sólo la aceptación de aquellos deseos de vida (que por lo general son los que nos brindan los pequeños grandes placeres que marcan nuestra estancia en el mundo) sino también su control, alteración o exacerbación. Vale decir, dicho individuo se torna espontáneamemnte en dueño de sí mismo puesto que sabe no sólo que es lo quiere realmente sino que puede determinar ello en función a su vida: algunos llamarían a esta constatación epifanía. Llegados hasta este punto parecería que el individuo al que hacemos alusión es del todo semejante al que actua conforme a sus objetivos o metas; empero la diferencia se presenta en el hecho que ésta actuación no se da conforme a finalidades, sino simple y sencillamente en tanto consideramos racionalmente los resultados que tal actuación generará en nosotros mismos incluso en términos de destrucción de lo que (transitoriamente) somos (vale decir, modificación, crecimiento o bien aniquilamiento de aspectos cualificantes más no esenciales de nosotros mismos -ello precisamente porque hacerlo implica saber a plenitud quienes somos y que es lo que se debe hacer en la vida-).
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Un sujeto dueño de sí mismo actúa a veces conforme a lo que desea lograr, en otras ocasiones no lo hace porque sencillamente esta consciente de que no puede determinar íntegramente su vida de esa manera. Un actuación que sea únicamente conforme a los mandatos de los espíritus de vida provoca, en nuestra opinión, solamente una conducta lineal y reiterada pues lo que se desea hacer se torna algo arbitrario (si bien su único norte es evitar el dolor, salvo lo que se precisará al final del post) o, en otros casos, se torna una actuación carente de libertad ex post puesto que se tiene que actuar conforme a los objetivos determinados ex ante. Es precisamente en este sentido específico que el deseo autodestructivo del ser humano tiene un sentido muy claro e incluso útil. Todo ello, en cambio, no se presenta cuanto la autodestrucción es sólo un sentimiento que existe dentro de la estructura de los deseos de vida (sea como meta, sea como fuente de felicidad), es aquí donde tal deseo se torna preocupante y merece ser refrenado (pensemos en ejemplos tales como el deseo de conquista por parte de Napoléon, la cólera y deseo de venganza de Aquiles, el deseo de superar límites de Alejandro Magno, etc.)... pero todo ello es una discusión autónoma que no abordaremos el día de hoy, sencillamente ya es suficiente divagación individual sobre un aspecto tan trascendente, es el momento de la retroalimentación...

4 comentarios:

Nat dijo...

Saludo, deseado caballero, que haya escrito sobre el thanatos. Se agradece el esfuerzo y el resultado, que como siempre, revive el "idilio intelectual" que me motiva a leerlo. Celebro que haya escrito, pues nos tenía abandonad@s a los que gustamos de su talento...

Dicho eso, pasaré a hacer los comnetarios de ley.

Un primer punto es que el thanatos no es intrínseco a la naturaleza del ser humano, como sostenía Freud. Como señalo en mi últimno post, citando a mi amiga y experta psicóloga "La Luz", esa teoría ha sido superada en la medida en la que ha sido demostrado que existen personas que nunca experimentan deseos autodestructivos, entendidos estos, como manifestaciones o formas de hacerse daño.

Por otro lado, me llama la atención que hayas hecho un esfuerzo sobrehumano por mantenerte en abstinencia con el fin de no caer en deseos autodestructivos. Me parece muy caro el precio, pero si lo has logrado, eres digno de admiración, aunque de muchos cuestionamientos también, pues habría que ver si fue funcional esa forma de vida, si fue útil al fin último de tu vida, que dicho sea de paso, me encantarñia conocer. Eres un especímen raro, digno de estudio. Serás mi Dorian Gray ;)

La definición que planteas en cuanto al eros y al thánatos como elementos contrapuestos que no atentan contra la estabilidad del ser humano, sino que son presupuestos para lograr el equilibrio, es la definición con la que prefiero quedarme y que además, cobra sentido que expongas en tu post, considerando tu forma de ser, tu forma de pensar, tu pyque...

Entiendo ahora que tu deseo autodestructivo es otro. Consiste en destruir primero para construir después, con el fin de lograr lo que sabemos, queremos hacer en la vida. La pregunta es ¿qué destruyes, tus premisas?

Kalaf hijo de Timur dijo...

La definición del thanatos como deseo de hacerse daño es demasiado restringida para mi... creo que alli nace el defecto y la critica que se puede plantear a la teoria de la dualidad de fuerzas en nuestro interior... no necesariamente es hacernos daño directamente sino que incluye los daños que indirectamente asumimos por una multiplicidad de factores que pueden ser en algunos casos incluso deseos de vida (sobre el punto existen lo que se llama behavioral economics que se erige precisamente en base incluso a los deseos destructivos de las personas -por ejemplo beber, fumar, etc.-)... es precisamente concebirlos como compartimentos estancos lo que genera otro problema... todo ello sin embargo podria merecer toda una discusión.

Nat dijo...

de ahí que prefiera quedarme con la definición que implica que ambas fuerzas son necesarias para llegar a un equilibrio...pero no has respondido a mis preguntas...

Kalaf hijo de Timur dijo...

Las premisas no son destruidas son solo acotadas... pues si asi fuese tendriamos que destruir lo que somos, lo cual sucede solo en situaciones extrañas. En mi caso concreto no creo que suceda en el corto plazo, empero siempre el nuevo dia trae nuevas ideas y esperanzas así como eventos inesperados... por lo que no negare la posibilidad.